La autora de este trabajo entrevistado a un campesino.

AÑO 2018 Año 14. No. 1 2018

La historia oral bajo sospecha

por Ana Vera Estrada,

Algunos científicos sociales consideran a la historia oral1 como forma de trabajar en ciencias sociales, aunque la mayoría de los académicos que la practican la presentan como un acercamiento alternativo a la investigación histórica tradicional, que aún valora sobre todo las fuentes documentales generadas por instituciones, sujetos públicos, personalidades eminentes, figuras públicas, de las artes, expertos, analistas de opinión y demás personajes que ostentan alguna clase de visibilidad social o poder.

La historia oral es sobre todo un procedimiento de aproximación a la realidad social que se interesa por la visión de actores no hegemónicos, cuyas vivencias y criterios no aparecen recogidos en los fondos conservados en instituciones públicas y/o privadas. Se caracteriza por algo que se suele nombrar como construir sus fuentes. Eso quiere decir que el historiador oral genera sus principales fuentes primarias cuando convierte en texto sus grabaciones y analiza e interpreta la palabra provocada de sujetos comunes, aunque indispensables socialmente por su participación activa en los procesos que se desea investigar, lo cual supone formular previamente —y por escrito— un proyecto debidamente sustentado y validado, y no solo —como algunos creen— limitarse a recopilar entrevistas con el único fin de conservar la memoria de sucesos notables, tal como solía ser la práctica en los principios de la historia oral, a mediados del siglo xx. La obra de los historiadores orales es considerada hoy el resultado de una construcción colectiva de sentido sobre un proceso en movimiento, en la que participan el historiador y los sujetos entrevistados.

Como investigación histórica basada en fuentes orales, su mayor valor es que permite acceder al plano de la subjetividad de los actores. La reconstrucción parcial de los hechos históricos en su secuencia cronológica es uno de los resultados del análisis de los documentos orales, pero no un fin en sí mismo. Aunque es innegable que los relatos orales son una fuente de conocimiento excepcional para temas inadecuadamente reflejados en las fuentes publicísticas y en otras, porque permiten un acercamiento a hechos y sujetos que de otro modo pasarían inadvertidos para la sociedad y para la historia. El trabajo con fuentes orales no supone la exclusividad de un fundamentalismo. La triangulación entre criterios de diferentes sujetos y con otras fuentes permitirá contrastar versiones narradas y reconstruir parte de los hechos de acuerdo con el criterio del historiador, consensuado con los actores entrevistados, no siempre identificados por sus nombres verdaderos.

La investigación en historia oral, tal como se practica en la actualidad, supone descartar el relativo empirismo de los primeros tiempos de la disciplina y la «enfermedad infantil» de deponer el protagonismo del científico y confiarlo a los actores sociales que narran sus experiencias. No quiere esto decir que se renuncie a la materia principal de donde proviene la novedad de sus investigaciones, sino que en la actualidad los historiadores orales ya trabajan de otra manera, con otro sentido de responsabilidad. Al comienzo, como toda investigación que se respete, se debe hacer una evaluación del estado del arte sobre el tema a investigar, en segundo lugar se debe encontrar un territorio donde estudiarlo y solo después se puede comenzar a buscar testimoniantes, con quienes habrá que construir una relación que garantizará los resultados del empeño, el cual, por cierto, no termina en la entrevista sino apenas comienza en ella y pasa por diferentes momentos hasta llegar a la interpretación de los hechos históricos. Dado que es imposible —o al menos muy difícil, por elusivo— analizar y llegar a conclusiones sobre procesos históricos a partir de entrevistas grabadas, que vamos a llamar «documentos orales», es condición sine qua non transcribir textualmen te esos documentos. Es ese precisamente, el momento de la transcripción, el que inicia lo que hemos llamado construcción de fuentes.

La copiosa bibliografía acumulada mundialmente por los historiadores orales demuestra que la disciplina ha transitado por numerosas etapas de acumulación y que a estas alturas del siglo XXI abunda en recursos teóricos y metodológicos para enfrentar el estudio de numerosos temas de historia de la sociedad contemporánea, utilizando como fuente principal los relatos narrados por personas comunes. Como muestra de esa acumulación quisiera comentar que solo en la bibliografía de la séptima edición, de 2017, del manual de Paul Thompson, The voice of the past, aparecen citadas unas cuatrocientas cincuenta obras consideradas relevantes, en su mayoría posteriores a 1980, y más de 80 sitios web visitados por el autor en febrero de 2016. Y no es solo la cantidad abrumadora de publicaciones lo que habla a favor de la pertinencia de la propuesta de los historiadores orales. De hecho, ya ha sido ampliamente reconocido que ella ha contribuido a transformar de manera radical el modo de pensar y de hacer historia contemporánea.

Respecto a nuestro país, Elizabeth Dore2 asegura que la historia oral tiene ya un legado histórico en el cual ocupa un lugar destacado el impulso dado por el premio Casa de las Américas al desarrollo del testimonio como género literario. A manera de ejemplo, y sin detenerse en obras memorables y olvidadas del género como Amparo, millo y azucenas, de Jorge Calderón,3 y Manuela la mexicana, de Aida García Alonso,4 entre otras, ella menciona en su artículo una media docena de obras relativamente recientes. A mi juicio se trata de una cantidad demasiado reducida para poder asegurar que representa un movimiento en expansión, aunque sin duda permite constatar la presencia de acercamientos analíticos a la historia de la Revolución en el poder, desde la perspectiva conocida como «historia desde abajo»; son obras que recogen experiencias y observaciones hechas a lo largo de los últimos cuarenta años, mientras en el mundo proliferaban instituciones, asociaciones, publicaciones y congresos de historia oral, sin que en Cuba se articulara la experiencia académica.

Comentaré brevemente algunos de los títulos incluidos entre las obras citadas en el artículo mencionado, donde aparece mi propio ensayo Guajiros del siglo xxi, publicado en 2012 por el sello editorial del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello. También el hermoso testimonio de Daysi Rubiera, Reyita,5 varias veces editado desde entonces. No falta el enorme volumen de entrevistas El triunfo era nuestro,6 de la mexicana Eugenia Meyer, quien fuera una de las pioneras de los estudios de historia oral en el continente americano, aunque al parecer abandonó la disciplina prematuramente. Ella visitó Cuba en los años 70 y después de una serie de viajes exploratorios, comenzó a fines de la década a trabajar en las historias de vida que conformarían la obra. Treinta años después regresó a Cuba para presentarla en la UNEAC y algunos de los asistentes pudieron adquirirla. Habrá que comprobar si algún ejemplar quedó depositado en las bibliotecas especializadas de la capital.

Se mencionan también, desde luego, varios volúmenes de Oscar Lewis publicados póstumamente, en la segunda mitad de los 70, que han circulado poco en el país, aunque se encontraban disponibles hace un tiempo en la Sala General de la Biblioteca Nacional José Martí. El proyecto del antropólogo norteamericano, aunque cercenado al final, ha sido bastante comentado, quizás por eso mismo. Lewis fue recibido en Cuba con honores y tiempo después, cuando se acercaba la zafra del 70, invitado a abandonar el país. La compleja coyuntura del momento puede haber sido una de las razones por las que dejó de ser considerada conveniente su labor de reunir testimonios en Cuba. Después de aquellos primeros intentos, también Gabriel García Márquez concibió un proyecto de historia oral, pero en 1975, por propia iniciativa y luego de haber realizado cierta cantidad de entrevistas, renunció a él diciendo que lo que había recopilado no respondía a la idea del libro que se proponía escribir.

Ha habido algunos otros comienzos frustrados. A fines de los años 90 el escritor colombiano Arturo Alape, jurado del premio Casa de las Américas, comentó durante un ciclo de conferencias impartido en La Habana sobre la construcción de su obra El bogotazo, donde se combina un trabajo acucioso de explotación de fuentes documentales, publicísticas y orales, que le gustaría contar la historia de la Revolución desde las voces de los cubanos. O por lo menos intentarlo. Que yo sepa, ese propósito nunca se llegó a concretar, sobre todo porque pocos años después de habernos reencontrado en el viii Encuentro Nacional de Historia Oral de Brasil [Rio Branco, 2006), Alape falleció.

Hay que mencionar como un intento interesante y actual en sus contenidos y manejo del lenguaje, bien que bastante alejado de su origen en el debate abierto, el pequeño libro Vivir en Cuba,7 una síntesis donde se resumen los debates de un taller celebrado en el Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, publicado sin firma, como una contribución colectiva de los participantes en el taller, dedicado a los 50 años de la Revolución.

Yo también puse en marcha un proyecto de historia oral antes de publicar Guajiros del siglo xxi. En el año 1999, con un financiamiento del Centro Pablo de la Torriente Brau, pasé un año trabajando sobre la historia de la Habana Vieja. Bajo la cobertura de ese proyecto entrevisté a 25 viejos pobladores de la comunidad y les pedí que me narraran la parte de sus vidas respectivas que había transcurrido en el espacio del centro capitalino. Se completó el estudio bibliográfico, la transcripción y el procesamiento de las entrevistas,8 aunque por diversas razones, el libro nunca quedó terminado.

De la misma forma, otros profesores universitarios y jóvenes investigadores de diferentes ramas del conocimiento han desarrollado trabajos motivados por la historia oral; muchos de ellos tampoco han culminado en publicaciones ni han tenido visibilidad, más allá de los momentos puntuales en que sus resultados fueron presentados en coloquios y talleres científicos de nivel nacional. Es una verdad indiscutible que los ritmos y los financiamientos de la producción intelectual sobre el tema se producen en Cuba con mucha mayor lentitud e intermitencia que en las universidades extranjeras, donde continúa siendo de interés escuchar a los cubanos narrar la historia de su Revolución. Y ¿qué decir de la circulación en nuestro país de la producción internacional de artículos y libros sobre el asunto? Mejor no profundizar en algo que pasa no solo por el esfuerzo personal y las relaciones académicas, sino también por los medios con que cuentan las bibliotecas e instituciones cubanas para obtener literatura actualizada.

Ninguno de los proyectos antes mencionados ha alcanzado la amplitud, la visibilidad y el impacto internacional que el llevado a cabo desde los primeros años del presente siglo por un equipo de investigadores ingleses y cubanos presidido por Elizabeth Dore y con el respaldo del Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX).9 La obra de síntesis resultante de esta experiencia se apoya en cuatro historias de hombres y de otras tantas mujeres —aún en preparación— que será sin duda un escalón importante en la construcción del conocimiento de la historia reciente de Cuba desde la voz de sus ciudadanos.

Por todo lo antes dicho es obvio que, por su volumen y calidad, no se puede negar la existencia de una tradición científica de historia oral en nuestro país. Sin embargo, continuamos escuchando argumentos que descalifican esta rama del saber como disciplina científica y herramienta útil para estudiar la realidad cubana. Esos argumentos se pueden sintetizar como sigue:

  • Carece de una tradición propiamente académica
  • Es una «moda» occidental y un pretexto para impulsar los negocios que promueven las nuevas tecnologías
  • Carece de «objetividad» en la medida en que sus conclusiones se basan en opiniones y criterios de personas individuales que no permiten generalizar.

Esos argumentos no es difícil desmontarlos, en tanto la existencia de una tradición académica ha quedado suficientemente evidenciada, aunque la especialidad no exista en los programas docentes para la formación de historiadores. La dependencia de la moda bien puede considerarse un argumento resultan te de la falta de conocimiento acerca de los debates sobre las nuevas corrientes de la historia. En cuanto al supuesto interés de impulsar negocios, lo mismo podría decirse del auge creciente del mercado de nuevas tecnologías, que han invadido el planeta —y también

Cuba— con sus novedades. La última de las objeciones, la falta de objetividad, constituye ya letra muerta en el debate sobre la historia, pues es ampliamente aceptado que todas las fuentes proporcionan visiones sesgadas por la subjetividad de los sujetos sociales y también de los historiadores y gestores de documentos. Pero lo cierto es que prejuicios injustificados continúan lastrando un debate susceptible de enriquecer el panorama de las investigaciones histórico-culturales en nuestro país.

En cuanto a la polémica en torno a la objetividad y/o subjetividad de las fuentes, asegura Paul Thompson que los historiadores orales han demostrado cuán fuertemente influenciables son el contenido y la forma de la memoria por el contexto en que se produce. Las fuentes orales tienen ventajas, pero también desventajas: escuchar toma más tiempo que leer, y para trabajar con evidencias orales es preciso transcribir, convertir la palabra en texto, y así poder analizarla.

Sobre las ventajas —siempre relativas del trabajo con fuentes orales— se puede aducir que la grabación permite descripciones mucho más precisas que la escritura, pero que las palabras de un relato oral transcrito nunca se corresponden exactamente con lo escuchado, aunque sean lo que más se aproxima al documento oral, en tanto resulta la suma de lo comprendido y lo sintetizado por quien transcribe. Todo texto transcrito lleva las marcas de la ejecución oral, que nunca será repetida de la misma manera, a diferencia del testimonio escrito, que está fijado para siempre por la escritura. «This very ambivalence —concluye Thompson— brings it much closer to the human condition».10

El asunto de la objetividad debe verse en relación con el de la cientificidad, uno de los más debatidos por los historiadores en la última década. Al respecto, Lynn Abrams11 afirma que, aunque por mucho tiempo la historia oral fue acusada de ser una metodología y por tanto subestimada, «ha desarrollado su propia teoría, y por eso actualmente podemos hablar de una teoría de la historia oral como campo independiente».12 Y esto se ha acentuado desde que la práctica de los historiadores orales ha desembocado en la elaboración de un conjunto de modelos novedosos y de aplicaciones teóricas compartidas con otras disciplinas de las ciencias sociales que perfilan la experiencia de conducir, analizar e interpretar entrevistas.

Un elemento que podría conducir a explicar el porqué del prejuicio sobre la «moda» es que, aunque de hecho hay historiadores orales en casi todos los continentes, predomina la bibliografía en lengua inglesa, quizás porque casualmente es en los países angloparlantes donde la disciplina ha tenido mejor acogida. Al interrogar al Scholar Google sobre Oral History el 16 de enero de 2018 aparecieron más de 700 000 accesos, la mayoría en esa lengua. Pero si nos detenemos a revisar la bibliografía consultada por Thompson en la última edición de su libro, donde se manifiesta un interés marcado por reseñar los mejores trabajos disponibles, veremos que la realidad es bien diferente.

Dada la lentitud —quizás parálisis— con que se asume la desclasificación de fondos documentales del siglo xx en nuestro país y el pobre dinamismo de la prensa escrita nacional, por mencionar solo dos de los problemas que enfrenta el estudio de la historia contemporánea de Cuba, las fuentes orales se elevan como una de las escasas alternativas de indagación al alcance de los estudiosos para abordar algunos de los problemas acuciantes de nuestra sociedad.

Quizás otro motivo del rechazo —o la desconfianza, pero resulta difícil de precisar— es la falta de interés en la diversidad de criterios, entendiendo como diversidad los puntos de vista de: mujeres, grupos no-blancos, jóvenes, campesinos, científicos sociales y otras minorías que, sumadas, alcanzan un volumen interesante. Evidentemente, ese prejuicio también debe ser cuestionado. Pero, si no aceptamos como alternativa las fuentes orales, ¿cómo estudiar fenómenos sensibles sobre los cuales ni existe documentación pública disponible ni abundan las autorizaciones para explorar y sobre todo para escribir sobre ellas, y mucho menos para publicar de manera que el resultado de estas publicaciones se filtre a todo el tejido social?

Mencionaré un ejemplo de problemas que podrían considerarse derivados de «falta de transparencia» en cuanto a la exploración de temas sensibles: el cierre de centrales azucareros, que se acelera desde los últimos años de la década de los 90 del siglo pasado, un fenómeno al que he venido dedicando parte de mis esfuerzos investigativos. Actualmente preparo una compilación de trabajos sobre el tema. Tardé bastante en poder reunir una treintena de nombres de académicos que han hecho estudios de campo de diferente perfil en varias provincias del país, para invitarlos a presentar textos para el libro. Una noche recibí la llamada telefónica de una investigadora habanera de probada experiencia, quien me expresó su pena por no poder aportar un trabajo, dado que las condiciones que le impone la colaboración con agencias financiadoras externas no permiten la publicación de resultados más allá del marco académico en que se presentan. Sobran los comentarios.

Discrepo bastante de mi colega y amiga Elizabeth Dore, con quien he compartido numerosos espacios y a quien admiro extraordinariamente, cuando asegura que nosotros, los cubanos, a diferencia de los ciudadanos de países ex socialistas europeos, somos transparentes y expresamos con libertad nuestro criterio. Sobre esto quisiera referirme a algunas cuestiones que planteo en un artículo publicado recientemente en la revista académica inglesa Oral history.13

En el artículo se habla de las ventajas de ser una investigadora cubana que trabaja en su propio país y comparte con los sujetos entrevistados el compromiso social de contribuir al avance sociocultural. Cuando me refería a las ventajas, pensaba sobre todo en la comprensión profunda del lenguaje, las alusiones, los gestos, las miradas, los silencios. Tal ventaja se refiere en particular a la norma general de la lengua española en su variante cubana, y a la familiaridad con los códigos para-lingüísticos, ya que la terminología especializada del mundo azucarero exige un esfuerzo de aprendizaje continuo tanto por parte de investigadores extranjeros como de los cubanos. Desde luego, entre las habilidades que aceleran la comprensión en el primer caso está la capacidad que otorga la experiencia de vivir en Cuba para entender la —a veces— muy enrevesada expresión oral de sujetos de baja instrucción.

La cuestión de la locuacidad de los cubanos puede ser, y de hecho pienso que es, un mito bastante generalizado, ya que la habilidad de ser discretos puede llegar muy lejos cuando de hablar de temas sensibles se trata. Aseguramos que se valora altamente la autocrítica como una forma de corregir el rumbo colectivo, pero esto es válido sobre todo, y se acepta de buen grado, cuando la practican las autoridades, pero no los sujetos de fila, para quienes una autocrítica sincera puede ser un verdadero suicidio social.

El cierre de centrales es de los temas «sensibles», de esos que para muchos no parecen agradables en el contexto de una conversación mundana, y esa sensibilidad hace difícil establecer un clima de confianza con los pobladores de antiguos centrales demolidos hace más de diez años cuando hablar del pasado, el presente y el futuro de esas comunidades se trata.14

Durante mi trabajo de terreno en centrales de Matanzas y Artemisa, la familiaridad con los códigos no verbales fue fundamental para descubrir el significado de los silencios provocados por preguntas inadecuadas o mal formuladas. Pero fue más fuerte el sentimiento de solidaridad transmitido por nuestra actitud que la disposición a escuchar, lo que nos permitió intuir cuándo debíamos hacer silencio también y cuál era el tono mejor para un intercambio fluido en cada entrevista. En los momentos más tensos, o frente a los temas más difíciles de abordar, utilizamos la observación y las anotaciones de campo para explicar las frases breves e incompletas en que se revelaba que los sujetos no deseaban ser preguntados. Esta evidencia explica que los temas «sensibles» no produzcan mucha información fáctica, aunque sean muy elocuentes cuando se cuenta con una buena cantidad de testimonios sobre un mismo asunto. Esta y otras ventajas y desventajas de trabajar con fuentes orales, y la pasión del aprendizaje y la solidaridad nueva que se experimenta en el contacto persona a persona compensan las horas dedicadas por los historiadores orales a la construcción de sus documentos.

Bibliografía seleccionada

Dore, Elizabeth, «¿Cómo leer (y cómo escribir) la historia oral?» en Historia, Voces y Memoria. Revista del Programa de Historia Oral de la Universidad de Buenos Aires, 5 / 2013: 11-28.

Dore, Elizabeth, «Cubans’ life stories: the pains and pleasures of living in a communist society», Oral history, spring 2012, volumen 40, no. 1: 35-46

Dore, Elizabeth, «Historia oral y vida cotidiana en Cuba,» Nueva Sociedad, 242, Nov-Dic 2012

Hamilton, Carrie, Sexual revolutions in Cuba. Passion, politics, and memory, University of North Carolina press, 2012

Meyer, Eugenia, El futuro era nuestro. Ocho cubanas narran sus historias de vida, Universidad Nacional Autónoma de México, 2007

Pérez Rojas, Niurka, compiladora, Historia oral: debates y análisis sobre temas afrocubanos, religiosos, sexuales y rurales, La Habana, Editorial CENESEX, 2011

Poder vivir en Cuba. Diálogo y propuesta a partir del Ciclo Taller Vivir la Revolución a 50 años de su triunfo, La Habana, Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, 2011

Thompson, Paul with Joanna Bornat, The voice of the past. Oral history, Oxford University Press, 2017. Fourth edition

Vera Estrada, Ana, Guajiros del siglo xxi, La Habana, Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan

Marinello, 2012

Vera, Ana, comp./ La Oralidad: ¿ciencia o sabiduría popular? La Habana, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, 2003.

Vera, Ana, «Voces Cubanas: Una Historia Oral. Entrevista a Elizabeth Dore», en Palabras y silencios http://wordsandsilences.org/index.php/ws/article/ download/95/90

Notas:

    1. Conferencia leída en el Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello el 17 de enero de 2017.

  • «Voces Cubanas: Una Historia Oral. Entrevista de Ana Vera a Elizabeth Dore». Revista Perfiles 13, enero-abril 2014 (revista digital). Ella misma orientó por aquella época el trabajo de una doctorante que en una aproximación inicial que incluía casi todos los premios Casa de las Américas en el género testimonio y algunas otras obras publicadas por editoriales cubanas, llegó a compilar más de doscientos títulos.

 

  • Calderón, Jorge, Amparo, millo y azucenas, La Habana, Casa de las Américas, 1970.

 

  • García Alonso, Aida, Manuela la mexicana, La Habana, Casa de las Américas, 1968.

 

  • Rubiera Castillo, Daisy, Reyita, sencillamente, La Habana, Instituto Cubano del Libro, 1997.

 

  • Meyer, Eugenia, El triunfo era nuestro. Ocho cubanas narran sus historias de vida, México, Universidad Nacional Autónoma, Fondo de Cultura Económica, 2007.

 

  • Poder vivir en cuba. Diálogo y propuesta a partir del Ciclo Taller Vivir la Revolución a 50 años de su triunfo, La Habana, Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, 2011.

 

  • Como parte del compromiso contraído con el Centro Pablo de la Torriente Brau, se entregó para su archivo el texto y las grabaciones de tres de esas entrevistas. El corpus completo puede consultarse en manuscrito en la biblioteca del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello bajo el título «Voces de la Habana Vieja».

 

  • Un pequeño grupo de artículos de los miembros del equipo, compilados por Niurka Pérez Rojas, apareció en el 2011 bajo el sello del CENESEX: Historia oral: debates y análisis sobre temas afrocubanos, religiosos, sexuales y rurales.

 

  • Thompson, Paul, The voice of the Past, Oxford, p. 194.

 

  • 11 Lynn Abrams. Oral History Theory, Abingdon and New York, Routledge, 2010.

 

  • En Thompson, Paul. Ob. Cit, pp. 132-139.

 

  • «The closure of the sugar mills, narrated by the workers», in Oral History, Autumn 2017: 60-70.

 

  • Es obvio que aquí nos referimos a las consecuencias socioculturales del cierre y desmantelamiento de 70 centrales en todo el país, que se oficializó por la Resolución 77 del 2002, del desaparecido Ministerio del Azúcar.