AÑO 2018 Año 14. No. 1 2018

¿Precariado en Cuba?

por Dmitri Prieto Samsónov

«Vive y deja vivir»

En un lugar de La Habana Vieja de cuyo nombre no quiero acordarme, hace ya como un año, frente a la puerta de una institución estatal, fui testigo de una conversación entre dos trabajadores. No logré determinar si lo eran de esa institución, pero esto ahora no es relevante. Básicamente, hablaban de un jefe demasiado exigente. Iban vestidos con ropa de trabajo y al parecer se habían tomado un descanso para un café y un cigarro. Uno de ellos, hombre ya algo mayor, grande, calvo, musculoso y de tez clara, con la cabeza descubierta y un T-Shirt de los Cinco que alguna vez fue blanco, le iba diciendo al otro, más joven, más delgado y más «prieto», que llevaba puesta una maltratada gorra de los Marlins de Miami:

Es que se pasa… ese tipo parece un imbécil; quiere hacerse el que no sabe que  esto está aquí así para que la gente puedan robar; mira, pa’ ser jefe lo primero que tienes que entender es que la gente pa’ lo que viene acá a pinchar con el Estado es pa’ poder robar; y eso así en todo el país – ¿de qué tú crees que vive el cubano? Así es como funciona e’to. Si no, se cae. Pero la gente quiere seguir robando, y por eso es que no se va a caer, ¿ves? En otro lado hay capitalismo y eso, y no se puede robar como aquí. Claro, el relajo con orden. Tampoco tú puedes darte el lujo de ser imbécil y dejar que te estén robando ahí al descaro. Un tipo sacando carretillas de material delante de ti directo del almacén pa’l gao, y eso lo debes saber controlar tú si eres buen jefe; y exigir, y hablarle a la gente: eso es disciplina. Pero primero debes comprender que en tu cargo la gente pueda robar y no te busques problemas ni se los creas a ellos. ¿Entendiste? Pa’ eso están los jefes acá en lo del comunismo este: pa’ que roben: ellos y los demás: roba y deja robar, ¡pero sin pasarte!… Y este tipo no quiere que aquí la gente le robe… fíjate que hasta te viene con eso de lo del Partido y los Lineamientos, ¡y todo eso! ¡Qué clase de tipo! no entiendo cómo no se ha dado cuenta de que así no va a durar na’, tu va’ a ver, ese se va de aquí prontico, de aquí a un ratico va’ a ver cómo le empiezan a serruchar el piso…

Me doy el lujo de presentar esta transcripción casi etnográfica porque fue la primera vez en mi vida que «en la calle» escuché de manera tan directa una explicación, casi un manual de procedimiento para la generación más joven, sobre cómo funciona el país. Un manual que ciertamente funciona a la vez como manifiesto ideológico, incluyendo definiciones vivenciales de «capitalismo» y «comunismo». Transcribo «en directo», pues no se vulnera así la eticidad ni la necesaria reserva en el manejo de los datos, porque no registro el sitio exacto de la conversación, ni sé de quién hablaban; solo podemos especular si la persona criticada siguió en el cargo, o, como le vaticinó el compañero trabajador, le serrucharon el piso; o, quizás, aprendió cuales eran las dinámicas reales de su entorno social, y cuál es la postura ética de reciprocidad convivencial que esperan de él sus subordinados… Y otro detalle que me impresionó de ese monologo laboral-callejero: el uso explícito de la palabra «robar», así, sin miramientos ni eufemismos. Además, parece que a los interlocutores no les importaba que yo estuviera allí, como los demás transeúntes. El hombre hablaba «impúdicamente» de «robar», sin sentirse compelido al uso de sus sinónimos cubanos, tales como «luchar», «resolver» y «buscar». Escribí las palabras «laboral» e «impúdicamente», y ambas necesitan —creo— alguna explicación. »

Vicisitudes históricas del proletariado estatal

En el socialismo, teóricamente, no debe haber proletariado. La palabra «proletariado» se refiere —históricamente— a una clase que carece de propiedad y solo posee su prole. El término nació en la antigua Roma. En el capitalismo clásico se aplicó a la clase obrera, libre, según Karl Marx, de dos maneras: libre como personas (es decir, nunca esclavos), y libre de propiedad. La propaganda de la antigua Unión Soviética y las doctrinas sociales desarrolladas en aquel país después de 1930 rectificaron las loas al «Estado proletario» y sentaron la pauta de que la clase obrera en el «socialismo soviético» no constituye un proletariado, ya que «es dueña de los medios fundamentales de producción» por cuanto el Estado —teóricamente suyo— es propietario constitucional de fábricas, talleres, minas, granjas agrícolas, institutos de investigación y desarrollo tecnológico, medios de transporte… En Cuba todavía se habla oficialmente de «proletariado», a diferencia de lo que pasaba en la URSS, sobre todo cuando se acercan fechas como el Primero de Mayo.

Y —quizás— ese gesto de llamar «proletariado» a la clase trabajadora es más coherente con la realidad: la historia prueba que los Estados del tipo que fue creado en la URSS, no representan los intereses de quienes están directamente produciendo aquello de lo que la sociedad vive. Porque los trabajadores, aunque nominalmente son dueños de los medios de producción, en la práctica no tienen ningún poder de decisión sobre la economía real del país y de sus empresas; y en nombre de ellos, las decisiones económicas y estatales las toma un grupo directivo —la nomenklatura1 burocrática— que se completa no por elección, sino por cooptación, mediante un mecanismo denominado «sistema de cuadros», donde determinados comités partidistas, a cuyas decisiones el hombre y la mujer de a pie (al igual que la mayoría de quienes andan en auto) no tienen acceso, pues sus reuniones son cerradas, y sus decisiones, generalmente, muy reservadas.

Un estado como el de la extinta URSS es una entidad alienada y alienante del poder de quienes trabajan: por eso tantos experimentos para «crearle sentido de pertenencia a los trabajadores», por ello las críticas autogestionarias y anarquistas al sistema burocrático (y el experimento de mayor duración: la constitución autogestionaria yugoslava, asesinada a balazos nacionalistas durante las guerras étnicas en los Balcanes en 1990), por ello la debacle euro-oriental de 1989.

Pero, como lo denota el monólogo que transcribí, la realidad cubana es aún más compleja. Proletario es quien vende su fuerza de trabajo o mano de obra a un empleador para poder vivir, para que su familia reproduzca esa fuerza de trabajo y a través de las generaciones siga habiendo proletarios en el mercado laboral, esperando a ser empleados. Se supone que recibe el precio de su subsistencia y de la reproducción de su fuerza de trabajo: esa es la definición de salario utilizada por Karl Marx en su obra económica. En países como la URSS, como bien saben quiénes desde Cuba fueron a estudiar allá, salvo algunas situaciones realmente extremas en lo histórico y lo geográfico, cada quien podía vivir, consumiendo los recursos básicos necesarios, durante un mes con lo que le aportaba el salario mensual. Quizás no hubiese acceso a determinados bienes deficitarios, «suntuarios», o de importación, y seguramente los burócratas de la Nomenklatura y otros grupos privilegiados tenían acceso a tiendas distribuidoras especiales donde había productos poco frecuentes en el mercado general y a bajos precios, pero la situación de que el salario no alcanzara para el mes era rara (excepto cuando una gran parte del sueldo se gastaba en alcohol, pero esta es otra historia).

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» Economía política del rebusque

En Cuba casi nadie que trabaje para el Estado puede vivir con los salarios que este paga, y lo mismo se refiere a gran parte de quienes se emplean en el —marginaliza do y poco favorable en materia de derechos de quienes trabajen en él— sector cuentapropista. Solo los dueños de negocios y la gente de segmentos privilegiados de la economía mixta y estatal pueden vivir de su salario, así como algunos grupos muy específicos dentro de la población.

Aquí es donde aparece la situación de garantizarse «impúdicamente» la propia subsistencia: quienes trabajan para el Estado aprovechan su puesto de trabajo para resolver, sustraer materiales, productos, robar en el peso a los clientes, entrar en el mundo del soborno, meter forros y hacer mil cambalaches, es decir, involucrarse en lo que el antropólogo cubano Pablo Rodríguez Ruiz en sus trabajos más recientes ha denominado «la economía del rebusque». ¿Qué búsqueda hay aquí? ¿Cómo se lo buscan aquí Uds.? Esas son preguntas habituales cuando alguien se acerca a un nuevo puesto de trabajo y valora su factibilidad para la economía personal y familiar.

Junto a este tipo de expropiación al Estado (y probablemente también algo parecido va sucediendo sotto voce en establecimientos privados —la imagen intimidante del empleador haciendo contabilidad con una calculadora y hojas pautadas a la vista se ha vuelto consuetudinaria en muchos barrios populares… ¡y no es por gusto!)—, existen quienes no sustraen nada en sus puestos de trabajo, sino que más bien emplean gran parte del tiempo de sus vidas (y de su maltratada jornada laboral) en operar una serie de negocios o labores, fijos o irregulares, más o menos ilícitos, casi siempre en el marco de la llamada economía informal, porque simplemente de algo hay que vivir… Y están, por supuesto, quienes no hacen tales sustracciones o negocios, sino que para poder sobrevivir tienen que depender de las remesas y ayudas económicas de sus familiares o amigos en el extranjero, o —caso mucho menos frecuente— en alguna próspera y turística zona de la propia Cuba.

Obviamente, todo esto tiene una dimensión moral. El rebusque crea una dualidad entre lo que ocurre en la sociedad y lo que se habla abiertamente. Las remesas crean grupos minoritarios de personas que en principio podrían vivir sin trabajar, incluso sin hacer rebusque (aclaro: no me refiero a la totalidad de quienes reciben remesas, sino más bien a quienes tienen el raro privilegio de que estas les alcancen para asegurar la subsistencia y el «avance» familiar). La idea, promovida por el Estado, de que trabajar en una de sus instituciones es esencial para la decencia propia y para asegurar el sustento y el futuro retiro, mayoritariamente es cada vez más vista como un anticuado mito social (sobre todo por las generaciones más jóvenes, que no le ven ningún sentido a eso de trabajar para el Estado, y, ergo, tampoco a estudiar una carrera, por lo cual la Universidad es cada vez más un mecanismo de reproducción de privilegios para vástagos de familias acomodadas, como sucede en el resto del mundo, y no un medio de promoción para los sectores menos aventajados de la sociedad, donde no se aprecia la necesidad de invertir varios años en la educación universitaria —gratuita, sí, pero requiriendo sustento todos estos años, sin que existan esquemas robustos de estipendios u opciones para trabajar a tiempo parcial: el tema del «costo de oportunidad»— en aras de un status futuro más que dudoso de alguien que puede ya dar apoyo a la familia en alguno de los sectores más realistas de la economía del país).

Pero, ¿cuál es el sentido económico-político de todo esto? Hay, básicamente, dos conclusiones inmediatas. Una, que el hecho archiconocido (y reconocido incluso públicamente por la máxima dirección del país, desde importantes tribunas partidistas, parlamentarias y gubernamentales, y comentado «en la calle» y estudiado a profundidad por especialistas en las correspondientes ciencias sociales y por nuestros excelentes humoristas) de que «el salario no alcanza» significa que toda la contabilidad a escala nacional y todas las deducciones a nivel macro que no toman en cuenta la economía informal, de la cual en medida creciente y mayoritaria vive la mayor parte de nuestra población, son esencialmente fallidas y falaces. La zona gris de la economía informal, que generalmente escapa del control total del Estado (que sigue siendo muy controlador en lo político, pero en lo económico requiere de que el sector informal marche, pues de él vive la mayoría de su población), se convierte —paradójicamente— en un sector estructuralmente más importante para el propio Estado que el sector estatal «de propiedad socialista de todo el pueblo». Este último, sin embargo, en gran medida es la fuente extraoficial de recursos para el desenvolvimiento de la zona gris. La segunda conclusión es que la clase social mal-pagada por ese Estado mediante subsidios/«salarios», insuficientes para la reproducción de su fuerza de trabajo, no puede en rigor denominarse «proletariado». Debe ser, entonces, otra cosa, bien distinta.

» El precariado: la nueva clase social cubana

Hace poco —y no precisamente en Cuba— apareció un nuevo término: «precariado».2 La palabra viene del latín precarium – precario, con un sufijo similar al de «proletariado». Se usa en los países de capitalismo privado, como pudieran ser España, Grecia o EE.UU., para referirse a aquel sector de la población que de manera permanente y constante está empleada en trabajos a tiempo parcial o de carácter informal. Y, en especial, a quienes realizan trabajos dentro de la economía formal (es decir, no se encuentran en situación de desempleo), pero en un escenario donde tales trabajos (debido a regímenes de flexibilidad laboral o a otros factores similares) no aseguran su subsistencia, como debería ocurrir si habláramos del proletariado clásico. El precariado se caracteriza por una situación social inestable, por bajos niveles de protección social (seguros de vejez o contra el desempleo…), ingresos inestables y perdida de requisitos profesionales.

En el mundo del capitalismo privado, el precariado es producto del liberalismo y de la «flexibilización» del mercado laboral, la cual permite rápidamente cambiar los regímenes de salario (usualmente hacia su disminución) y las políticas de empleo. El precariado puede convertirse en fuente de conformismo social, pero también de rebeldía, que podría incluir desde protestas activas contra el régimen hasta el involucramiento en estructuras del crimen.

En lo subjetivo, ser parte del precariado suele implicar el vivir día-a-día y no hacer planes coherentes para el futuro a mediano y largo plazo, debido a la sistemática falta de recursos… El precariado lo forman quienes se emplean de manera temporal o siempre trabajan a tiempo parcial, o bien estacionalmente o aleatoriamente (ingresos por negocios fortuitos que «le caen» en unos momentos, y en otros no). Igualmente, están en esta clase quienes no poseen vínculo laboral oficial con ninguna entidad empleadora, y viven del freelance, así como migrantes laborales sin trabajos fijos, y también estudiantes y gente en adiestramiento sin compromisos de empleo posterior al término del aprendizaje.

No podemos dejar de notar en esta descripción la similitud del precariado surgido bajo el neolibealismo con ese nuevo gran grupo social de gente «a quienes no les alcanza el salario» en Cuba. Se trata de un amplio por ciento de la población y para realizar el cálculo exacto habría que poseer el dato del costo real de la canasta básica, no de lo que «viene por la libreta», sino cuánto le cuesta objetivamente reproducir su vida cada mes a cada integrante de un núcleo familiar cubano con las necesidades básicas satisfechas. Está claro que para ello no alcanza lo que proporciona la libreta, y hay que recurrir frecuentemente a las shopping y al abastecimiento vía mercado informal; y después confrontar ese dato con la estadística de los ingresos «formales» de la ciudadanía, que también debe recurrir a empleos informales y negocios esporádicos, muchas veces al borde de la legalidad, o más allá. Por supuesto, tales personas no dejan de tener las garantías sociales básicas existentes en Cuba, como la educación y la salud, así como los subsidios sociales, que pueden encontrarse deterioradas, pero no han sido abolidas. Estas y otras circunstancias les dan a las vivencias de ese gran grupo social características distintivas respecto a sus contrapartes en otros países. Como Pablo Rodríguez ha señalado, en Cuba la pobreza tiene rasgos propios, pero eso no significa que no exista.

» …y su economía moral.

La precarización en Cuba nació cuando la nación se deslizaba a la época de las experiencias más oscuras del «periodo especial», durante la primera mitad de los años 90. A partir de la paulatina salida de la fase de mayor gravedad de esa prolongada crisis estructural, fueron creándose nuevas oportunidades (algunas de las cuales permanecen y otras desaparecieron), pero en general se ha mantenido el tipo de eticidad en lo público y en lo privado que marcaba dicha década: el asumir permisivamente la distancia entre lo que cada quien «se siente obligado» a hacer para sobrevivir, y lo que en teoría hay que hacer desde la perspectiva de la postura oficial, implícitamente falsa, pues en realidad no es posible sobrevivir solamente con el ingreso oficial, excepto si se es parte de los estratos superiores y muy bien remunerados del sistema, que obviamente no corresponden al precariado. Estas dinámicas de convivencia y de «economía moral» de la sociedad, gestadas hace ya más de un cuarto de siglo, permanecen en general vigentes y popularmente aceptadas en Cuba hoy, más allá de las normas formales que la legalidad estatal ha ido estableciendo. Pero durante todo este tiempo, han ido naciendo y creciendo nuevos cubanos y cubanas, para quienes, a diferencia de las generaciones anteriores, la economía moral creada durante el «periodo especial», así como el formar parte del precariado cubano, es un a priori de la totalidad de su biografía. Por eso, consideran muy frecuentemente que trabajar para el Estado o volverse profesional resulta un sinsentido, a diferencia de lo que pensaban sus ancestros inmediatos y más lejanos.

Las fenomenologías de ese tan diverso precariado cubano incluyen desde combinar el trabajo oficial en un centro de investigación con fabricar artesanías en el tiempo en que se está en casa (no es «tiempo libre», pues se invierte en un trabajo para obtener dinero) o vender yogurt «por la izquierda»; se puede tener una Licenciatura en Contabilidad y laborar en un grupo de teatro callejero, al tiempo que se completa el ingreso de este con la producción freelance de textos para un medio digital que paga pequeños estipendios por ellos; o bien, incluso, tener la suerte de ganar alguna beca de una ONG extranjera y hacer trabajo de terreno para ella. O puede haber la suerte además de poseer un pasaporte español y hacer de mula en viajes a México o a Guyana; o con el propio pasaporte cubano traer piezas de Lada desde Rusia y exportar tabacos en sentido inverso. Una vez, en un vuelo desde Haití, vi en el asiento delante a un individuo con cinco sombreros en su cabeza, uno dentro de otro, y vestido con varias camisas. O las muchas variantes de quienes entran en relaciones con personas de otros países, desde corredores de transportación y comisionistas de alojamiento hasta guías turísticas auto-empleadas y contactantes con el mundo del «trabajo sexual» y el abastecimiento de drogas. Hay miles de variantes de vida de manera emergente, todas subsumibles bajo la categoría del precariado.

Ha habido distintos acercamientos investigativos a las clases sociales en la Cuba de hoy. Pero lo que llama la atención es que tales estudios se basan casi exclusivamente en las relaciones formales que la gente establece entre sí y con las instituciones para hacer su economía. Pero el rebusque es un tipo de relación informal por definición; y es —como ya lo dijimos— estructural y esencial para que un número grande de cubanas y cubanos (probablemente la mayoría) pueda subsistir de sueldo a sueldo.

De la capacidad real de auto-organización de ese precariado depende el futuro de Cuba.

Notas:

1.Nomenklatura: palabra proveniente del ruso «nomenclatura», originalmente el conjunto de listas de cargos públicos, partidistas y de otras organizaciones oficiales, que para que determinadas personas resultasen nominadas para ocuparlas debían tener el aval de determinado Comité del Partido Comunista. Existía la nomenclatura del Comité Central del PCUS, de los Comités Centrales de los Partidos de las Repúblicas federadas de la URSS, de los Comités provinciales y municipales. Las listas solían ser secretas. Las personas correspondientes, aparecían como «electas» por el Soviet (Asamblea territorial) correspondiente o por el Congreso de alguna organización social, o bien «nombradas» por un Ministerio u otro Organismo de la Administración Estatal. Previo a tal «elección» o «nombramiento», la candidatura única a cada cargo pasaba por la decisión del correspondiente nivel del Partido, a sugerencia del Sistema de cuadros del mismo, que era la entidad que controlaba el movimiento de la nomenklatura. Es decir, todo ese Sistema funcionaba por cooptacion, siendo las elecciones y los nombramientos administrativos solamente una pantalla para el público general. El primer Jefe de la Nomenklatura, en 1922, fue Iosif Vissarionovich Stalin. El Sistema, posteriormente, fue adoptado por otros países que reivindicaron el marxismo-leninismo como ideología del Estado. La palabra «Nomenklatura» para denominar la clase social gobernante en la URSS fue sugerida por el economista soviético disidente Voslenski.

2.Uno de los creadores de la noción de precariado es el británico Guy Standing, profesor de Economía en la Universidad de Bath y miembro fundador del Basic Income Earth Network, organización que postula la renta básica incondicional. Hasta 2006 trabajó en la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en temas de inseguridad y flexibilidad en el trabajo, haciéndose mundialmente famoso al crear los «indicadores de inseguridad en el trabajo» (Salario, mantenimiento de las calificaciones, profesionalidad, derechos sindicales…). Este trabajo le llevó a proponer un indicador sintético del «trabajo decente» («From people’s security surveys to a decent work index», International Labour Review, Vol. 141, No. 4, 2002, pp. 441-454). Es autor de «Precariado: la nueva clase peligrosa» (2011) y «El trabajo después de la globalización: construir una ciudadanía ocupacional» (2009). Según distintos artículos publicados en la prensa internacional, la entrada oficial de la palabra «precariado» en el lenguaje de las grandes finanzas internacionales comenzó comenzó en la cumbre Bilderberg, donde 130 dirigentes europeos y norteamericanos (estadounidenses y canadienses) hablaron confidencialmente los días 10 al 12 de junio de 2016, en Dresde (Alemania), de los grandes problemas del planeta. En el programa estuvieron ponentes como la española Ana Botín (Banco Santander) y el californiano Reid Hoffman (Linkedln), y temas como la economía en China, el crecimiento mundial, la ciberseguridad… y el precariado.
Ver también: http://www.sinpermiso.info/printpdf/textos/el-precariado-es-una-clase-social-muy-radical-la-unica-que-quiere-ser-lo-suficientemente-fuerte-para http://socis.isras.ru/files/File/2015/2015_6/Toshechen ko.pdf