AÑO 2018 Año 14. No. 1 2018

Elí, Elí, ¿lama sabachtani?

por Alberto García Fumero

Para una meditación de Viernes Santo

Normalmente se interpreta este grito desesperado como la repetición del salmo 22 (Vg 21), hecha por quien aún en un sufrimiento sin límites, expresa la obediencia al Padre que caracterizó toda su predicación y accionar. En esta misma dirección parecen llevarnos Lucas 23,46 («Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu») y el Salmo 31,6. También Juan 19, 30 («E inclinando la cabeza, entregó su espíritu»). El sufrimiento sin límites es la expresión de la autoentrega sin límites.

En un primer nivel de comprensión, podríamos detenernos allí. Es este el núcleo del cristianismo: el Dios encarnado, movido de un amor infinito, muere en la Cruz por el hombre.

Pero estamos en el siglo xxi. La fe sencilla de nuestros padres ya no satisface al hombre de hoy. Si difícil es para tantos entender cómo pudo Dios encarnarse en un hombre, aún más difícil les es comprender cómo después de su muerte todo (aparentemente) siguió igual, y cómo esa muerte puede haber significado la salvación del ser humano.

Pues la noción misma de que el ser humano necesita la salvación, algo que para el cristiano resulta de tan cristalina transparencia que no se medita en profundidad, es para muchos fuente de perplejidad. Tanto más que el cristianismo no es una simple teoría que explica cosas. Cambia la conducta del ser humano. No es como la teoría de la evolución o la de las cuerdas, de las cuales es aceptable decirse «sí, pudiera ser, tiene lógica». Y seguimos con nuestra vida. No es así. Aceptar el cristianismo cambia todo.

Ahora bien, en una época signada por el desarrollo vertiginoso de las ciencias y las tecnologías, de una pobreza y represión extremas en algunos países en tanto en otros el derroche es casi la norma, de una duda sistemática y agresiva que atraviesa como un cuchillo todo el pensar humano, pareciera que el cristianismo necesita un cambio de rumbo y ofrecer nuevas respuestas, más «modernas». Respuestas que permanezcan abiertas a tantas interpretaciones como quieran darle nuestras múltiples ideologías políticas y sociales. ¿Es así, realmente? ¿O más bien, deberíamos profundizar en las que conocemos? ¿O acaso lo que se necesita con urgencia es un cambio en el ser humano, que lo haga capaz de acoger la respuesta recibida?

La teología, recuerda el finado cardenal Carlo María Martini en su intercambio epistolar con el filósofo y semiólogo Umberto Eco, «no es la ciencia de los posibles, o de lo que hubiera podido suceder si…, no puede hacer otra cosa más que partir de los datos positivos e históricos de la Revelación e intentar comprenderlos…»  Intentémoslo, pues.

» Cercanía

Jesús experimentó durante toda su misión terrenal una cercanía del Padre como jamás la ha experimentado nadie. Una relación nueva y nunca antes experimentada por nadie. (Padre, yo sé que tú siempre me escuchas…). En palabras del hoy Papa Emérito: «Cuando Cristo enseñó a sus apóstoles a orar, les ordenó decir: “Padre nuestro” (Mt 6,9). Nadie, excepto él, puede decir “Padre mío”. Todos los demás pueden orar a Dios como Padre únicamente en la comunidad del “nosotros” que Jesús ha inaugurado, porque todos ellos son criaturas de Dios y han sido creados el uno para el otro. Asumir y reconocer la paternidad de Dios significará siempre: “ser —proyectados— los unos hacia los otros”» (El camino pascual, BAC Popular Madrid 1990 páginas 120-129).

Esa cercanía de Jesús al Padre implicó a sus vez cercanía del Padre a nosotros: era el Emmanuel (Dios entre nosotros) anunciado. No fue un atisbamiento, sino una cercanía real. En Cristo Dios se autocomunica, y esa autocomunicación se dio bajo el modo de cercanía (Karl Rahner, Curso fundamental sobre la fe). En fin de cuentas, el cristianismo bien entendido es religión de la inmediatez con Dios. Nuestro Dios no está allá lejos, bien arriba, preocupado solamente por distribuir premios y castigos a unos seguidores mantenidos a raya con la amenaza de llamas eternas si se desvían del camino. El Dios cristiano es un Dios que acompaña y consuela. Es un Dios personal, que nos interpela y acoge como personas.

Para Jesús esta cercanía fue tan real como puede ser para nosotros la presencia amorosa y cotidiana de nuestros seres más queridos. Algunos santos, mayormente los místicos, han experimentado un alto grado de cercanía de Dios, pero no tenemos que esforzarnos para adivinar que Jesús gozó de mayor intimidad aún. Esta realidad se ha expresado en Teología desde la época patrística con el concepto de unión hipostática, que indica la unión profunda de la realidad divina y de la realidad humana en la persona/sujeto del Hijo/ Verbo eterno de Dios en Jesucristo.

» Autoentrega

Jesús fue la expresión de la libertad. Su autoentrega es la mejor confirmación. Si no se asume su libertad en toda su dimensión de libertad humana, pierde su sentido la historia de la Pasión. Pues el principio soteriológico establece que solo es salvado lo que es asumido por el Verbo; si Cristo no hubiera tenido una voluntad humana, no hubiera podido redimir la nuestra.

Ahora bien, la libertad presupone el ejercicio de la voluntad sin cortapisas. Siendo una verdad de fe que la voluntad humana de Jesús estaba sometida a la voluntad divina, como se estableció en el Concilio de Calcedonia (451 d.c.), quedaba aún por explicar cómo fue ejercida. La teología medieval trabajó mucho esta cuestión, distinguiendo tres modos de ejercer la voluntad humana (libertad de decidir, libertad de escoger y libertad de escoger el mal o el bien) atribuyendo con razón a Jesús las dos primeras pero no la tercera, en razón de ser igual a nosotros en todo menos en el pecado. Queda pues, que su entrega fue totalmente libre.

Del mismo modo que fue libre, fue una decisión definitiva. De una vez y para siempre, Dios sale al encuentro del hombre.

Al decir de Karl Rahner, uno de los teólogos más influyentes durante el Concilio Vaticano II: Si Jesús es Dios que se hace hombre y se entrega a sí mismo, ¿qué otra cosa queda después? Es la última llamada.

» Sufrimiento

Si autoentrega significa plena obediencia al Padre, por otra parte también significa aceptación plena y voluntaria de lo que deba ocurrir al cuerpo mortal.

En ocasiones se reprocha, por parte de los hermanos separados, que nuestros crucifijos muestren a un hombre torturado y sufriente que «ya no está allí, pues resucitó». Ciertamente resucitó, y no está más allí, pero corremos el riesgo de que los crucifijos sin Crucificado, diríase «asépticos», quizás no transmitan todo lo que pasó y solo den una idea abstracta del sufrimiento en la Pasión. No fue en absoluto un sufrimiento «abstracto» o aparente. Está ahí para que no se nos olvide lo que le hicimos, y su opción definitiva por nosotros. Fue un sufrimiento suma de todos los sufrimientos humanos, pasados o venideros. No en balde se le llamó a Jesús Varón de Dolores.

Ahora bien, ¿fue acaso imprescindible tanto sufrimiento? ¿Debió ser así? ¿Hasta dónde podemos entender la tragedia de aquel viernes?

Aquí un caveat: cuando hacemos nuestra y proclamamos la formulación «se entregó por nosotros» no estamos expresando algo que se explique por sí mismo, tanto menos que tal explicación sea sencilla. Así como cada misterio del rosario es solo antemural del siguiente, cada vez que meditamos sobre el significado de la Pasión descubrimos una nueva arista en la que anteriormente no habíamos reparado. Cada explicación que a través de la historia de la Iglesia se ha planteado el ser humano del por qué de la Cruz (reparación de una ofensa, justicia, restablecimiento de un equilibrio necesario, sacrificio, solidaridad con el ser humano, enseñarnos cómo se puede ser obediente al Padre hasta las últimas consecuencias) solo reflejan una parte del misterio pascual. Es todo eso, pero a la vez mucho más.

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¿Queda entonces como algo confuso e inalcanzable? No tal cosa; la noción de Misterio en la visión de la Iglesia es algo que entrevemos maravilloso y solo en parte comprendemos por la pobreza de nuestro intelecto, pero que está ahí esperando por nosotros. Estamos, pues, frente a la Cruz, que no es símbolo o recordatorio, ambos útiles y necesarios de por sí, pero insuficientes aquí; es pregunta, interpelación y sacudida.

En el mundo católico estamos acostumbrados a las representaciones de la Pasión. Nuestros crucifijos, nuestros cuadros, nos presentan a un Jesús sufriente. También estamos conscientes del dolor de María. Ahora bien, ¿cómo ver la Trinidad en este momento? ¿Y el dolor del Padre? Si el Padre no sufriera en ese momento, no sería el Padre (Forte). Reflexionando con Romanos 8,32 (no perdonó ni a su Hijo) o Juan 3,16 (tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo) alcanzamos quizás a tener una pálida idea del sufrimiento del Padre. Y de cuánto le importamos; yo, tú, nosotros todos, para que todo haya debido suceder de esa manera.

» Lejanía

Cristo fue verdadero Dios y verdadero hombre. Seguirá siendo un misterio cómo Dios pudo encarnarse sin dejar de ser infinito y absoluto, pero así fue, y así lo confesamos.

Acostumbramos tanto verlo como Dios que en ocasiones se nos olvida su humanidad. En tanto hombre, en ocasiones experimentó el miedo, el desaliento, la incertidumbre. Pudo también espantarlo la muerte, aún afrontada de libre voluntad en la obediencia absoluta al Padre. ¿No sudó acaso sangre la noche en que apresaron al Pastor y se dispersaron las ovejas? Jesús en la Cruz es el verdadero sujeto del salmo.

En la Cruz hay no solo dolor sino lejanía y abandono. Aún más fuertes que los que podría experimentar un simple ser humano, pues es una desconexión total de Aquel que siempre le fue tan cercano. Aún depositando toda su confianza en el Padre. Duele siempre mucho más lo tenido y perdido, que lo nunca poseído. Es el «abajamiento» definitivo y decisivo. La semilla debía morir para dar paso a la vida (Mc 4, 1-9; 13-20; Mc 4, 26-29).

Ciertamente, Jesús es el abandonado, pero no el desesperado. El destacado teólogo italiano Bruno Forte, figura esencial durante el pasado Sínodo de la Familia, nos hace notar que en Mc y Mat Jesús se dirige al Padre como Elí (ya no como abbá) Mc 15,34; Mt 27,46. Podemos preguntarnos: ¿por qué este cambio?

Reflexionemos. Si se lee bien, el salmo 22 es de confianza, a pesar de todo. En ese momento lo llama Padre por respeto a su decisión, como un hijo acata la decisión de su padre. Lucas expresa esa confianza al denotar que encomienda al Padre su espíritu. (Lc 23,46). Pero hay algo más en todo esto. Jesús no fue hombre verdadero solo «para él». Incluso clavado en la cruz, cuando el sufrimiento debió serle intolerable, piensa en las culpas de los otros, y por ellos intercede: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34) y además ofrece esperanza a un arrepentido de última hora: «de cierto te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,43).

En palabras del teólogo González Fauss: «Jesús es el hombre-para-los-demás… solo porque es el Hombre-para-Dios, y por ello vive para Dios» (La Humanidad Nueva. Ensayo de Cristología. Madrid, 1974). Pues a Dios se le ve en el rostro de nuestros hermanos. No es posible ser cristiano para sí solo.

En este sentido, cuando Jesús pregunta por qué ha sido abandonado, lo está preguntando en nombre de todos nosotros, de todo el que sufre. Y cuando confía en el Padre, del mismo modo se responsabiliza por nosotros.

» Esperanza

¿No dijo Jesús mismo acaso que quien no recibiera el Reino de Dios como un niño no entraría a él? (Mc 10,15). ¿Y qué distingue a un niño, además de la inocencia, sino la absoluta confianza en sus padres? En tanto hablando en nombre de todos nosotros, ofreciéndose por todos nosotros, Cristo en la Cruz asumió todas la esperanzas humanas.

» Glorificación

Si el escándalo de la Cruz parecía negar que el Padre diera testimonio de Él en esa hora decisiva, la Resurrección fue la justificación pedida. Aún más: fue la recuperación de lo perdido desde el Pecado Original. Se restablece la relación originaria con Dios y todas las cosas en este universo por Él creado. Es la recuperación de la posibilidad de que realice definitivamente el plan de Dios para con el hombre. Sin dejar de ser gratuita, la salvación es oferta no impuesta, sino respetuosa de la libertad y responsabilidad humanas. Con respeto profundo por nuestra decisión nos es ofrecida; con respeto similar acojámosla.

Si su muerte fue un acto de oración (la oración suprema!), sea nuestra oración débil, pero sincero eco de aquella.