Venturas y desventuras del cubano de hoy. ¿Somos felices aquí?

por Teresa Díaz Canals , Ovidio D’Angelo , Dmitri Prieto Samsónov , ManuelCalviño

Convocado por Espacio Laical, el pasado viernes 15 de septiembre del 2017 se celebró en la sede del Centro Cultural Padre Félix Varela el encuentro «En Diálogo», que esta vez tuvo como asunto «Venturas y desventuras del cubano de hoy. ¿Somos felices aquí?». Los panelistas participantes fueron el ensayista e investigador MSc. Dmitri Prieto Samsónov, el psicólogo y sociólogo Dr. Ovidio D’Angelo y el profesor y presentador del gustado espacio televisivo «Vale la Pena», Dr. Manuel Calviño

 

Gustavo Andújar: Buenas tardes a todos. En nombre del Centro Cultural Padre Félix Varela y de la revista Espacio Laical, que organiza estos encuentros trimestrales, me complazco en darles la bienvenida a este encuentro «En Diálogo», que es una sección fija de la revista dedicada a temas de actualidad y que algunos tal vez llamarían polémicos. A mí siempre me gusta destacar que son retos de la sociedad cubana. En esta oportunidad tiene el título «Venturas y desventuras del cubano de hoy. ¿Somos felices aquí?». Para presentar este tema desde distintos puntos de vista tenemos un panel de lujo, compuesto por el maestro en ciencias, Dmitri Prieto Samsónov, el Dr. Ovidio D’Angelo y el Dr. Manuel Calviño; todos son bien conocidos. Siéntanse bienvenidos.

Va a actuar como moderadora la Dra. Teresa Díaz Canals, que es miembro del consejo de redacción de la revista. Este es un tema que nos resulta particularmente caro. Tuvimos mucho interés en planear este encuentro porque en definitiva tiene que ver con el tema de la felicidad y el concepto que cada quien tiene de la felicidad y la posibilidad o no de realizar ese concepto de felicidad. Siéntanse dispuestos no solo a atender a lo que se va a decir, sino también, y esto es tal vez lo más importante de estos encuentros, a aprovechar la posibilidad de expresarse en relación con el tema, sus opiniones, sus puntos de vista, hacerle alguna pregunta a los panelistas. La participación de ustedes es muy importante. Como saben, todo el evento queda grabado, después se edita y se publica en el número correspondiente de la revista, así que sin más preámbulos le doy la palabra a Teresa para que presente o vaya dándole la palabra a los panelistas.

De izquierda a derecha, Teresa Díaz Canals (moderadora), Ovidio D’Angelo, Dmitri Prieto y Manuel Calviño.

De izquierda a derecha, Teresa Díaz Canals (moderadora), Ovidio D’Angelo, Dmitri Prieto y Manuel Calviño.

 

Teresa Díaz Canals: El Dr. Ovidio D’Angelo va a abrir el panel. Le damos la palabra para que comience.

Ovidio D’Angelo: Buenas tardes. Todos tenemos más o menos una idea de la felicidad. La felicidad es una experiencia personal y colectiva y es un tema bastante abarcador, bastante complejo. Sin que nos hayamos puestos de acuerdo, a lo mejor coincidimos los panelistas en algunas cuestiones o diferimos en otras. Yo me atrevería a partir de la presentación, de ¿somos felices aquí?, de la pregunta ¿somos felices aquí? Quizás a tratar de transitar por el qué hacer para lograr la mayor felicidad en contextos sociales emancipatorios. Es un poco la idea de por dónde transcurriría sin pretender ser muy académico en el asunto, que sí ha sido tratado muy académicamente por filósofos y pensadores a lo largo de mucho tiempo.

Ovidio D´Angelo

Ovidio D´Angelo

El tema de la felicidad me parece que plantea una polisemia muy grande, trazada desde los tiempos antiguos, desde los primeros filósofos de la antigüedad. Y hay una diversidad conceptual también desde un posicionamiento de las distintas disciplinas: filosofía, sociología, psicología. Cada una creo que aporta algo al tema. La otra cuestión es una noción experiencial, individual, de cada uno. Y yo tendría algunas preguntas para problematizar un poco esto. Es decir, podríamos
plantearnos: ¿somos felices en lo individual? Puede que sí, ¿por qué no? ¿Es la felicidad un estado estable o coyuntural sujeto al azar y la incertidumbre? ¿Qué relación guarda con las expectativas personales o proyectos de vida? ¿Si depende de las condiciones materiales, sociales y espirituales de existencia? Ahora sufrimos el huracán Irma. Por mucho que algunas personas hayan sentido la experiencia de la felicidad en algún momento, si se les cayó el techo creo que no, pues están en una situación muy difícil.

No creo que así se sientan en este momento. ¿Se es feliz si los demás no son felices? Es un tema también que tiene que ver con la ética. ¿Se puede aspirar a la felicidad total o resulta inalcanzable? ¿Tiene que ver con realizar ciertos ideales o elevarse a posiciones de trascendencias? Son preguntas que no me hago yo, son preguntas que se han hecho los distintos filósofos en diferentes momentos. Nicola Abbagnano dice que la felicidad es un estado de satisfacción debido a la propia situación en el mundo, y ya esto nos coloca en un contexto que va más allá de lo propiamente individual. Yo he conocido personas que viven en condiciones precarias, y uno les pregunta: «Ven acá, y tú, tu vida ¿cómo la llevas? ¿Eres de alguna manera una persona feliz?» Y me han dicho: «Sí, yo estoy adaptado a esto, me parece que estoy en el plano en que me puedo desenvolver». Y otras personas que tienen muchos recursos —estoy hablando de casos extremos, paradójicos—, que tienen muchos recursos, y uno les pregunta «¿y eres feliz?». Y sienten un vacío existencial, tienen un problema. Porque de alguna manera es un concepto bastante relativo.

Por lo tanto aquí yo creo que habría por lo menos dos grandes paradojas: ¿Es la felicidad un tema intimista o social? ¿Y es parcial o es abarcadora? ¿Se siente en unos momentos, es permanente, es una experiencia que acompaña a la persona durante toda o gran parte de su vida? En fin, el tema en ese sentido es bien complicado. Bertrand Rusell decía que la felicidad depende de la multiplicidad de los intereses y de las relaciones del hombre con las cosas y con otros hombres. Ya esto da un poco de entrada a lo que Marx también ha profundizado en el sentido de la importancia de las relaciones sociales en la construcción de la subjetividad. Y tiene que ver con muchas cuestiones asociadas a posturas valorativas-éticas. Por ejemplo, a posiciones sobre ser o tener. ¿Tener da la garantía de la felicidad? ¿O es el sentido del ser como persona que tiene una significación vital que le hace seguir hacia adelante y sentirse de alguna manera feliz? Ahí está el tema entonces de otra posición con respecto a la frugalidad, al consumismo y al enriquecimiento. ¿Son más felices los que son más ricos? ¿Son más felices los que consumen mucho? Todo esto estaría muy relativizado realmente.

De manera que de todas formas si somos felices aquí podríamos hacer la pregunta esa en cualquier lugar, en Suecia, en África, la podríamos hacer aquí y cada uno va a tener una referencia de sus condiciones de existencia, de su filosofía propia, para entender el mundo y desarrollarse en ese mundo. Por lo tanto yo creo que lo más productivo, y tratándose de que nos interesa sobre todo la situación aquí, si somos felices aquí, sería avanzar en un sentido más proactivo y plantearnos cuáles serían cotas mayores de felicidad colectiva que podríamos alcanzar con cierta reformulaciones de carácter social, institucional, económico y cultural, que nos llevaran a un nivel de mayor posibilidad de realización en ese ideal de la felicidad colectiva. En este sentido el análisis de las situaciones de vida concreta en lo personal, familiar, colectivo y social, el posicionamiento y la acción en un sentido social renovador, serían condiciones de avance para la realización de la mayor felicidad posible para la mayor cantidad de personas, algo que tiene un poco que ver con la ética utilitaria, pero que visto desde otra perspectiva podría traducirse en una ética además emancipatoria, no qué cosa es la felicidad sino lograr la mayor potencialidad de expresión del individuo, del colectivo, de las personas en su conjunto.

Y entonces estaríamos hablando de renovación de las relaciones sociales e institucionales de hoy para basarlas en proyecciones de mayor autonomía personal y social, mayor solidaridad colectiva, promoción de calidad de vida superior y progresiva, satisfacción de necesidades materiales y espirituales de la población hacia un mayor empoderamiento emancipatorio. Esto sería una disquisición si nos llevara a una disquisición abstracta, si nos llevara a una propuesta concreta. Yo preferiría dejar mi intervención ahora aquí y después ver las propuestas más concretas de cómo lograr este cambio social para una realización de la felicidad. Quizás en el intercambio algo podremos profundizar y aportar entre todos. Gracias.

Teresa Díaz Canals: La provocación de Ovidio acerca de qué cosa es mejor: si ser pobre o ser rico, la dejaremos para el debate. Ahora le damos la palabra a Dmitri Prieto.

Dmitri Prieto: Buenas tardes. Muchas gracias por estar aquí en medio de la fase recuperativa. Gracias a los organizadores, a Espacio Laical. Es un poco fuerte hablar del tema de la felicidad después de un acontecimiento como Irma, que hasta donde yo recuerdo es el primer huracán que de algún modo pasó longitudinalmente a lo largo de la costa de nuestra isla grande. Hacía mucho tiempo que no pasaba eso y esto le da un tono paradójico, y quizás un poco irónico, hasta cínico, a nuestro encuentro acá alrededor del tema de la felicidad.

Dmitri Prieto

Dmitri Prieto

«La imagen del rey, por ley, lleva el papel del Estado: el niño fue fusilado por los fusiles del rey. Festejar el santo es ley del rey: y en la fiesta santa ¡la hermana del niño canta ante la imagen del rey!». Estos versos probablemente muchos de nosotros los aprendimos cuando niños y yo siempre me preguntaba, ¿y por qué canta esa niña? Obviamente, una de las intenciones de Martí era poner ahí bien claro la paradoja. Este poema puede leerse en términos de lavado de cerebro, de una de estas manifestaciones del Estado sobre la subjetividad de los seres humanos, que logra de algún modo convencer a la hermana del niño de que el rey es susceptible de ser amado por ella aun cuando su hermano fue fusilado por los fusiles del rey. O que la niña es feliz con la imagen del rey y con la fiesta del santo del rey y no le importa que su hermano muriera, aparentemente por una justa causa, como hace entrever el poeta en el verso. Si esa niña es feliz nuevamente se trata de una enajenación, de un caso de especial crueldad o de una capacidad superior de empatía, de ir más allá de haber perdido a su hermano y de nuevo, entonces, ¿por qué el objeto o el motivo de esa aparente felicidad de la niña es la imagen del rey? ¿Qué hay ahí? ¿Hay una mentira? ¿Hay una hipocresía de la niña que canta ante la imagen del rey? ¿O existe realmente una paradoja de la subjetividad?

Voy a leer otro texto, en este caso del Evangelio según San Lucas: «Engrandece mi alma el Señor y mi espíritu se regocija en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humildad de su sierva, porque he aquí desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones porque ha hecho grandes cosas en mí el poderoso santo en su nombre y su misericordia de generación en generación a los que le temen. Hizo proezas con su brazo, esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones, quitó de los tronos a los poderosos y exaltó a los humildes, a los hambrientos colmó de bienes y a los ricos envió vacíos».

Obviamente, volviendo al tema de Ovidio sobre los ricos y los pobres, hay como una intención aquí de revolución social, ¿verdad? Y hay también tronos que se quedan vacíos. Este es, para quienes no conocen la fuente, el cántico de María de Nazaret cuando la visitación de Isabel. Pero esta frase «he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones» hay traducciones modernas de la Biblia que dicen «generaciones enteras dirán que soy feliz» y María se declara feliz ahí, en ese cántico, no solamente ante ella. Ella osa declararse feliz también ante el testimonio de las generaciones futuras. Pero si tomamos cualquier traducción de la Biblia, como la de Reina Valera, en el Evangelio de San Lucas, al cruzar la página, vamos a ver otro testimonio que se le dice a María: que una espada atravesará tu corazón. ¿Por qué una espada atravesará tu corazón? Porque ella va a ser testigo de la muerte de su hijo, ahí, al lado de la cruz. ¿No hay aquí una contradicción? ¿Cómo una mujer puede ser feliz y al mismo tiempo ser atravesado su corazón con una espada? ¿Cómo es posible en este caso ser feliz, y feliz además frente al testimonio de las generaciones?

Obviamente, aquí hay también otra paradoja que tiene mucho que ver con la noción de felicidad. No quiero entrar en disquisiciones teológicas sobre esta felicidad de María, que seguramente tiene que ver con la salvación de muchas y muchas personas, pero no debemos olvidarla cuando vemos las imágenes de María de Nazaret porque estamos mirando también a una madre a la que le mataron al hijo. Esta cuestión de cómo ser feliz en medio de una sociedad donde no todo el mundo es feliz, donde a lo mejor la persona que está al lado mío todavía no tiene electricidad porque le afectó el ciclón o a lo mejor se le cayó el techo de la casa, Dios no quiera. Es una pregunta que nos lleva a la necesidad de plantearnos hipótesis sobre las normas de distribución de la felicidad social. Esto puede sonar muy técnico y hasta jurídico y hasta… Pero el asunto es más que esto, pues nos metemos directamente en una cuestión de carácter social.

Yo no pretendo aquí decir que es posible llegar a una definición operacional de clase social a partir de esta norma de distribución lógica, de distribución de la felicidad en la sociedad. Pero es obvio que cada persona de algún modo en sus adentros, en su corazón, llega el momento en que tiene que pensar: Esto que sucede me afecta o no me afecta. ¿Hasta dónde yo soy feliz con el techo de mi edificio, que no se cayó, y hasta qué punto puedo seguir siendo feliz si sé que hay tantas personas privadas de felicidad en el mundo? ¿Priorizo mi felicidad, la felicidad de mi familia, o dejo que la infelicidad de tanta gente en el mundo entre en mi propia vida y de algún modo modifique mi sentimiento de felicidad? ¿Es compatible esto con seguir siendo feliz o tengo que dejar de ser feliz porque otros no lo son? Esto es un celular marca Samsung bastante viejo [lo enseña], esto tiene un componente adentro que se llama coltán. El coltán se saca en el Congo, antiguo Congo belga, posteriormente Zaire, actual República Democrática del Congo. En el Congo hay una guerra donde diferentes fuerzas enfrentadas, de manera específicamente deliberada, como técnica de esa guerra, se orientan a la destrucción de las comunidades, a la destrucción de las familias mediante la violación de las muchachas jóvenes. ¿Para qué? Para lograr una funcionalidad económica muy específica, lograr que el coltán tenga el precio adecuado y que las industrias chinas puedan utilizarlo para producir este tipo de artefactos o gadgets, como dicen los anglosajones.

Es parte de la dinámica, esto es antropología flujo, a través de este aparato pasan dinámicas de valor, pero también dinámicas de privación de felicidad. ¿Me importa a mí cuando utilizo este aparato pensar en las personas que han sido privadas no solo de la felicidad sino quizás hasta de la vida o de los medios más elementales de subsistencia o de la dignidad más elemental en países como el Congo o eso es irrelevante para mí? De nuevo la cuestión de clase, la clase social no es como la raza que uno puede pensar en un mundo, en un país, donde personas de diferentes razas tienen igual dignidad y no es como la orientación sexual o la identidad de género, donde personas con diferentes géneros, con diferente orientación sexual o diferentes identidades de género pueden tener igual dignidad.

Personas de diferentes clases sociales necesariamente participan de una desigualdad en la distribución de recursos sociales. Por tanto no podemos hablar de un diálogo de clases en un plano de igualdad del mismo modo que hablamos de una reconciliación social en todo el plano de las otras identidades igualmente complejas que toda sociedad contiene. Esto me lleva a dos conclusiones: primero, la felicidad tiene mucha relación con la solidaridad, pero esta opción de ser feliz o infeliz en dependencia de la situación del otro es una opción personal de cada quien en su propia búsqueda de la felicidad. Al mismo tiempo es una opción de tipo político porque es una opción que tiene que ver con las agendas políticas personales y con la manera en que cada uno de nosotros inserta su propia existencia en su proyecto de mundo y, en su manera de ver la solución, el avance de las problemáticas de este mundo y como dice mi amiga y compañera Yazmín Portales, renunciar a las agendas políticas personales es igual a renunciar al derecho a tener sueños personales.

Pero al mismo tiempo la felicidad en la política, como bien señalaba Ovidio, es algo que está bien montado en determinadas proyecciones revolucionarias. Por ejemplo, en América Latina en las últimas décadas, en la República Bolivariana de Venezuela ha habido, no sé si todavía lo hay, un Ministerio que se llama el Ministerio de la Máxima Felicidad Social. Esto nos lleva a pensadores como Simón Rodríguez, como Simón Bolivar, a un utilitarismo social y a una persona, si no me equivoco, como Saint Just, un jacobino radical en la Revolución Francesa que dijo en pleno final del siglo XVIII: «La felicidad es una idea nueva en Europa». A esto contesta Cornelius Castoriadis, griego y francés, para mí uno de los filósofos más inspiradores, lo siguiente: «Contrariamente a lo que creía Saint Just el objeto de la política no es la felicidad sino la libertad».

Entonces se puede pensar, efectivamente, en la cuestión de una sociedad libre, hecha por individuos libres; es decir, esta opción personal de buscar la felicidad se convierte en parte de la gestión política colectiva de una sociedad donde quien gestiona la felicidad colectiva no es ya el Estado, no es ya una agencia social superior sino estas personas coaligadas como parte de sus propias agendas, dialogando y creando felicidad entre todos. Pero la política como libertad, como derecho, no es suficiente, esto nos lleva inmediatamente a un análisis de coyuntura y cuando vamos a un análisis de coyuntura no solamente importa aquí el ciclón sino, por ejemplo, cuáles son los modelos de la felicidad ahora en la sociedad cubana —y ya aquí aterrizo—, lo que nos trae el aire que nosotros respiramos. ¿Cuáles son los modelos de la felicidad que estarán estructurando las mentalidades de las generaciones que van a surgir en Cuba después de nosotros? Esta coyuntura está marcada, de entrada, por un entorno neogeneracional, un entorno de generaciones que no conocen lo que quizás personas de la edad de nosotros conocieron, donde, por ejemplo, el reguetón es el referente central, y esto puede parecer un chiste, un choteo casi, hablar del reguetón aquí; pero es que esa es la mayor fuente de referentes verbales, musicales, significativos, semióticos o de sentido para muchas de las personas que no tienen otras fuentes donde trabar sentido.

Cuando uno escucha cosas como «dile al no viecito tuyo que él es una porquería», y cosas así, no voy a citar textos más vulgares, pienso que lo más vulgar en el reguetón no es el texto o los textos, sino el sentido que expresa, ese sentido de hipercompetencia, de quítate tú para ponerme yo, y es difícil, extremadamente difícil, encontrar una letra de reguetón que no diga eso. Todos parecen ser productos clonales que dicen más o menos lo mismo y con ese patrón que dice esto de una manera repetitiva es casi como un lavado de cerebro, pues construye modelos de felicidad donde no hay otros modelos de felicidad, donde no caben cuestionamientos como los del Magnificat o como los Versos sencillos de José Martí. Hace poco vi en Facebook un interesante análisis donde se confrontaban dos antiutopías.

En los años 90 fue moda para la izquierda reivindicar la utopía; yo digo que no tiene sentido reivindicar la utopía si conjuntamente con ella no se reivindica la antiutopía, porque la antiutopía es la advertencia sobre lo que puede pasar si la utopía se nos va de las manos. Y entonces ahí se confrontaban dos antiutopías clásicas: 1984, de George Orwell, felizmente editada en segunda edición hace unos meses aquí en Cuba, después de la primera, que fue en 1960, y otra que se llama, precisamente, Un mundo feliz, de Aldous Huxley. De manera interesante este escritico de Facebook confrontaba estas utopías y decía que básicamente Orwell lo que establece en 1984 es de qué manera estos impulsos de las personas por ser libres, por ser felices, tienen que ser constantemente reprimidos por una sociedad totalitaria.

Sin embargo, Aldous Huxley en Un mundo feliz pinta una sociedad donde la represión ya no es necesaria porque ya la subjetividad de las personas está construida de tal manera que la oposición prácticamente no es posible. ¿A qué sociedad nos estamos dirigiendo ahora? ¿Será que estamos montados en la trayectoria de una Cuba post-totalitaria que se encamina hacia un patrón anti-utópico del tipo del «mundo feliz» de Aldous Huxley? ¿De dónde viene el apoyo para estos emprendimientos del reguetón, como, por ejemplo, la oficina secreta? ¿Por qué estos emprendimientos del reguetón tienen más espacio en la esfera pública cubana que, por ejemplo, este mismo espacio laical donde estamos nosotros aquí? Hay muchas preguntas que me vienen a la mente. Esto, pues, puede tener dos respuestas, pienso yo, desde el punto de vista colectivo, que quizás no sean del todo incoherentes entre sí. Una es pensar en una gran contraofensiva contracultural, valga la redundancia, y ver qué se puede hacer, pero quizás haya una respuesta más extrema que sea pensar en una variante conservadora de repliegue e irnos a las catacumbas porque se nos viene arriba un mundo donde no tendremos mucho que hacer.

Una última cosa ya que hablamos de la felicidad como opción personal: hace un tiempo hablaba yo con un amigo que está aquí presente sobre un concepto de libertad de Pitirim Sorokin donde este dice que existen dos tipos de libertad, la libertad interior y la libertad exterior. Casi nadie de quienes hablan de la libertad exterior, que son los científicos políticos, los sociólogos y toda esa gente, habla también de la libertad interior. La libertad interior tiene que ver con la mística, tiene que ver con lo que yo en una ponencia sobre derechos humanos denominé la ínstasis, o sea, es la libertad de construirse uno mismo la subjetividad, y eso está en los grandes sistemas de auto-superación personal.

Quizás esto tenga que ver también mucho con la felicidad; quienes participamos de alguna vida espiritual sabemos bien de qué estamos hablando, pero desgraciadamente, como también he comentado con otro amigo que está presente aquí, existen, por ejemplo, los cristianos de Kempis, de la Imitación de Cristo, el cristiano espiritual, y el cristiano del compromiso social. Como si entre los dos hubiese un abismo. Yo prefiero pensar en los dos abismos de los cuales el salmista habla en la Biblia también, y que estos dos abismos se comunican. El abismo del corazón de uno, donde hay que buscar esta felicidad mediante la auto-transformación personal y todas estas luchas a las que me referí al principio de estas palabras, y también el abismo de la contestación social, donde la felicidad solo es posible a través de una mayor libertad en la sociedad. Muchas gracias.

Teresa Díaz Canals: Gracias a Dmitri. Ahora le corres ponde el turno al profesor Manuel Calviño.

Manuel Calviño: Gracias, Teté. Bueno, muchas gracias por la invitación, que honestamente me pone en una situación inusual para mí. Yo soy un improvisador estructurado y metódico. A mí me gusta esa improvisación que emerge luego de un proceso de estructuración, de análisis, de comprensión, y lamentablemente la invitación me sorprendió en un mal momento, que fue de mal en peor, porque yo pertenezco a esa porción de los que estamos desde el viernes aún sin electricidad. Así que no he podido hacer, digamos, mi ritual de preparación para poder tener una improvisación por lo menos más cómoda para mí y, estoy convencido, más productiva. Yo siempre tengo dos o tres ideas que de alguna manera las ubico en pequeñas historietas a modo de quién sabe si de parábola, sacadas de diferentes contextos, aunque todas más o menos ya hoy tienen un contexto único que es la red de redes… ahí lo encontramos todo o casi todo, que no es lo mismo pero es igual, como dijo Silvio.

Manuel Calviño

Manuel Calviño

Una de las primeras historietas tiene que ver con una parábola de dos científicos rusos, pudiéramos ponerles como nombre Misha y Sacha, para que no haya duda de que son rusos. Son grandes amigos, se encuentran y deciden hacer una suerte de mirada hacia el futuro y deciden encontrarse 40-50 años después, a ver quién ha logrado un gran invento, quién ha logrado una gran creación científica. Misha se va por un camino y se encierra en una torre. Sacha también se va, pero no encuentra una torre y se ve obligado a vivir en una pequeña aldea. Cincuenta años después se encuentran, ya viejos, barbudos, canosos, según el estereotipo de hombre ya que tiene un largo camino en la vida. Y llega la obvia pregunta: ¿lograste el gran invento? ¿Sí o no? Sacha, que se había ido y no encontró más refugio que una pequeña aldea, dice muy triste: «Lamentablemente, no; llegué a una pequeña aldea, y al poco tiempo de estar allí no sé cómo alguien supo que yo era científico y me tocaron a la puerta y me dijeron: “científico tenemos un problema, la gente no tiene agua en el pueblo porque el motor que extrae el agua y que reparte el agua está roto y aquí nadie sabe cómo arreglarlo». Y yo no soy ingeniero, ni mecánico, ni cuentapropista, pero bueno,… ahí me senté delante del motor y unos días después el motor funcionó y la gente tuvo agua, y yo me volví otra vez a mi cabañita a tratar de concentrarme en mi gran invento. Pero unos días después me dijeron: «tenemos un problema con la siembra, algo está pasando, no sabemos si es la calidad del agua, la calidad de la tierra, no lo sabemos, pero la siembra no nos está dando resultados y la gente ya está pasando hambre y como usted es científico quizás usted nos pueda ayudar». Y yo no soy ingeniero agrónomo, no sé nada de eso, pero me fui allí y me senté en la tierra, conversé, analicé, pensé y, efectivamente, encontré una cantidad de cosas que estaban influyendo y al final pues la tierra sí dio lo que esperábamos de ella y la gente se alimentó y al fin yo pude volver otra vez a mi cabaña y dedicarme a tratar de lograr el gran experimento. Y unos días después me volvieron a tocar la puerta… y no te hago el cuento más largo porque eso ha sucedido durante estos 50 años, y yo no he podido hacer el gran invento”. Y el otro, Misha, le dice: «Caramba, Sacha, que mala suerte. Yo sí lo logré! yo sí lo logré!». Y el otro, le pregunta: «Bueno, ¿y cuál es tu gran invento?» A lo que Misha responde: «He descubierto el líquido que lo disuelve todo!; el líquido que lo disuelve todo!!!». Sacha, claro, en su primera reacción, dice, «¡Caramba! Ha inventado un líquido que lo disuelve todo, esto es sencillamente genial». Pero, inmediatamente hace dos minutos de abstracción, deja pasar la información del cerebro límbico emocional al cerebro cortex analítico, y le pregunta: «Bien, Misha, ¿y dónde vas a echar ese líquido?» Entiéndase, ¿de qué nos sirve encontrar el líquido que lo disuelve todo?

No sé, algunas veces pienso si no es que cuando intentamos conceptualizar fenómenos tan naturales y cotidianos de la vida, nosotros andamos buscando el líquido que lo disuelve todo. Y a lo mejor lo encontramos, pero no nos va a servir de mucho. Entonces quizás «aterrizar» un poco más nos haría falta, pensar un poco más desde esa realidad concreta de las personas que, efectivamente, como se ha dicho aquí, en condiciones adversas, miradas desde un lugar, reportan ser personas felices, y a veces en condiciones buenas, también nos reportan ser felices o incluso ser infelices.

La segunda pequeña historieta tiene que ver también con una creación parabólica, parabólica no en el sentido en que hablamos hoy de las parábolas para ver si nos empatamos con algo un poco más interesante, por lo menos algo prohibido que para algunos es casi mejor que interesante, porque no sé por qué lo prohibido tiene un gusto mucho más fuerte que lo interesante. La historieta tiene que ver con una reunión, vamos a suponer, en el Olimpo, una reunión de los dioses. Los dioses están muy preocupados porque desde la conquista del fuego los hombres están avanzando, los hombres han avanzado muchísimo, están entrando en territorios que deberían ser solo de los dioses, y probablemente el gran Dios de los dioses, el gran Zeus, en algún momento habrá dicho: Lo que no podrán lograr nunca, porque es la gran potencia de los dioses, es la felicidad.

Y la pregunta entonces fue: ¿dónde vamos a poner la felicidad para que los hombres no la encuentren jamás? Y algún dios, trasnochado, dijo: «Pues eso es muy elemental. Pongámosla allá arriba, en el cielo, en lo más alto que nos podamos imaginar, y ahí no la van a encontrar jamás.» Y seguramente otros dijeron: por muy alto que la pongas la encontrarán, un día ascenderán, y subirán y subirán, y la encontrarán. Bueno, pues la respuesta entonces fue en otra dirección: «Pongámosla en algún lugar tan profundo, tan profundo, tan profundo, en el fondo de los mares, que no la vean, que no la encuentren jamás.» Y otro dijo: «Ellos van a tener instrumentos, formas y medios de llegar allá a lo más profundo, profundo, profundo, y la encontrarán.» Y un tercer dios, desgraciadamente más atinado, dijo: «La respuesta es muy sencilla. Pongamos la felicidad dentro de los hombres mismos y allí no la van a encontrar nunca. Allí no la van a encontrar nunca porque siempre estarán buscándola afuera, siempre estarán buscándola arriba, abajo, a un costado o al otro, pero nunca la van a buscar dentro de sí». Y ahí pues decidieron ponerla. Y esto una vez más me hace preguntarme: ¿no será que estamos buscando la felicidad donde no la vamos a encontrar? ¿No será que estamos tan marcados por formas históricas, culturales, valiosas, sin duda alguna, de pensar, pero que nos hacen mirar en direcciones erráticas?

Quién sabe si somos felices y no lo sabemos y no lo sabemos porque nuestras formas de pensar no nos dejan saber que somos felices; nuestras formas de mirar al mundo no nos dejan mirar nuestra propia felicidad. Yo tengo una experiencia de trabajo, no es la más profusa, pero tengo una experiencia de trabajo que nunca he querido perder, desde que terminé mis estudios de psicología hace unos cuantos años ya. En aquellos tiempos en que yo estudiaba y devoraba Los siete contra Tebas, de Antón Arrufat, aquí presente. ¿Qué quieren que les diga?

No puedo dejar de decirlo, Antón… En fin, hablo de la experiencia clínica, la experiencia probablemente más estructurante de la psicología, más allá de sus dimensiones más sociales. Esa experiencia de sujeto con sujeto encontrándose y dejando abrir un mundo interior. Y esa experiencia, me hace extremadamente más complicadas y más difíciles las cosas porque he visto personas que son extremadamente felices, que se sienten extremadamente felices, y cuanto más por puro placer personal, cognoscitivo, intelectivo, qué se yo. Les he preguntado: «¿Pero qué te hace feliz, dame dos, tres razones?», y me dicen: no hay razón, soy feliz y se acabó, soy feliz. Y hay otras personas que muy por el contrario sí son capaces de hacer elaboraciones contundentes, argumentales, de su felicidad. Entonces yo, tratando de pensar un poco en esta dirección, me digo: no podemos pensar en la felicidad, y por ende, no podemos pensar en la felicidad del cubano hoy, y desde aquí, del cubano de hoy, desde una perspectiva unidireccional. Es impensable. Primero, como investigador, y mis colegas yo creo que me secundarán en esto, cuando muchas veces las gentes me preguntan: Bueno, ¿y cómo son los cubanos? Y respondo: yo puedo decirte cómo soy yo, yo puedo decirte cómo son algunas de las personas que conozco, pero cómo son los cubanos se me va de las manos, es algo demasiado grande. Entonces, ¿somos, no somos?

Yo no sé; hay mucha gente que es feliz y hay mucha gente que es infeliz. Y hasta por las mismas razones. Lamentablemente, bueno solo en cierta medida… por la infelicidad de alguna gente, viven los psicólogos, los psiquiatras, probablemente también, con todo el respeto del mundo, algún que otro sacerdote, no lo sé. La infelicidad puebla nuestros ejercicios personales, profesionales o no profesionales, laicos o desde las creencias. Por lo tanto la experiencia nos dice que hay personas que se sienten felices y personas que no se sienten felices. En la búsqueda de los indicadores encontramos dos cosas bien distintas. Una, que son vivencias absolutamente personales. Es como esa madre que tiene a su hijo en los brazos y uno está de visita en la casa y la madre te dice: ¿viste qué lindo es? Y tú miras al bebé y dices, sí, es una belleza. Pero no le preguntes qué ve lindo en la criatura porque no ve nada, siente que su hijo es lindo, siente que su hijo es hermoso, siente que es su hijo… Intentar cualquier conceptualización de esa vivencia primaria, a mi juicio, no solo es absurda, sino una misión imposible y no tiene nada que ver esto con el actor Tom Cruise. Es una misión imposible porque no es de naturaleza racional, no es de naturaleza de lo argumental. Y el otro punto, por solo poner dos, pues seguramente hay muchos más, hay un tema que resulta absolutamente valórico, es absolutamente de valor, porque tiene que ver con los valores humanos. Conocí directamente en Nicaragua a personas que eran felices y sentían profunda felicidad muriendo por el bien de los otros. Y yo no diría que el acto por excelencia de antifelicidad es favorecer la muerte, pues esas personas eran profundamente felices. Por Dios. Yo fui educado dentro de una teología que pudiéramos llamar ya arcaica. Yo cursé estudios en el colegio La Salle, del Vedado, los estudios primarios.

El otro día fui a la iglesia de San Francisco, y me recordé que allí me llevaba mi padre a los 5 años a confesarme, y por cosas de la vida le digo al sacerdote que oficia allí: «Yo venía aquí a confesarme con el padre Nicolás», y me dijo: «¡Vive todavía, está en España y tiene 98 años!» Les digo: el mundo es así de pequeño. Pero bueno, lo que quiero decir en esa representación, en esa representación arcaica, que Jesús muere feliz, Jesús muere feliz. Muere feliz porque muere realizando su estructura valórica, sus valores, sus creencias, sus determinaciones. Es incomparable, y no estoy diciendo cuál es mejor y cuál es peor. No podemos comparar la mirada de la felicidad pensada desde los valores humanos, que la mirada de la felicidad pensada desde las vivencias personales. A lo mejor si me pongo en uno de los dos extremos, en un lado pondría eso que pudiéramos llamar, o que yo pudiera llamar, la esquizofelicidad, que es una felicidad, sí, muy bien, pero es esquizo, es esquizoide, es esquizofrénica, pero es mi felicidad.

Y en el otro lado, justamente, está esa felicidad que no se puede realizar sin el otro, sin los otros, sin una meta, sin una misión, sin una mirada. De donde entonces soy feliz cuando cumplo mi misión, soy feliz cuando me realizo como ser humano, soy feliz cuando hago el bien a los demás, y la felicidad es una derivada, es una derivada de mis principios y de mis actitudes y de mis estilos comportamentales asociados a mis valores. Y en el otro lado, sí, soy feliz, sí, soy feliz cuando después de muchos años, por razones ya casi típicas en la familia cubana, la familia desestructurada, vuelvo a encontrarme con mi hijo que no veía desde hace 20 años y siento la felicidad.

Cuando hacemos un cuestionario, una encuesta, y sencillamente preguntamos ¿Es Ud. feliz? Las personas responden «si» o «no», y no hay que explicar nada. Solo sentir si se es o no feliz. Pero, si hacemos la pregunta ¿qué es la felicidad?, entonces es como un pie que fuerza a otro nivel más allá de lo sentido. Ya cierro. ¿Somos felices aquí? Yo soy feliz aquí! Sí, yo soy feliz aquí. Y probablemente no estoy aquí porque soy feliz. Estoy aquí porque decidí que mi felicidad la voy a construir aquí, donde nací, donde nacieron mis padres, donde di mis primeros pasos, aquí en el lugar del que me siento parte y soy feliz por estar aquí, por estar en mí, por ser yo y por vivir aquí y construir esa felicidad. También hay quien no es feliz aquí, hay quien no es feliz aquí sin duda alguna. Hay mucha gente que no es feliz en ninguna parte, hay mucha gente que prueba a buscar la felicidad en tantos lugares y no la encuentra en ningún lado, quién sabe si porque no la ha buscado bien. Es dura, es rigurosa la vida cotidiana del cubano, ¡sí! Sin duda alguna es extremadamente rigurosa, extremadamente rigurosa, pero qué interesante que en múltiples vocaciones religiosas y filosóficas, la felicidad está en el ejercicio y la superación de los rigores de la vida, en el ejercicio y la superación de los rigores de la vida.

Diré, un poco también freudianamente, como Bermang creo que dijo alguna vez: «Solo compartiendo con el diablo podrá llegar el hombre a Dios». Como si esa figura del no, de la contradicción, de la antítesis, fuese una figura también formadora, que forma parte del camino de construcción de las personas. Creo que vivimos tiempos extremadamente rigurosos. La vida es difícil y creo que el cubano hoy, y es el tema con el que quiero cerrar este asunto de la felicidad, del bienestar, tiene su mayor virtud en su mayor defecto. Hoy nosotros tenemos una gran virtud como nación, como cultura, como sujetos concretos de una nación, de una nacionalidad, de una cultura. Y una de nuestras grandes virtudes es que nosotros salimos siempre adelante. Esto no es nuevo. Creo que una vez le dijeron a Ramón Grau San Martín: la isla se hunde, ¿qué va a pasar? Y este dijo: «Absolutamente nada; se hunde y sale a flote porque Cuba es de corcho». No existían entonces los conceptos de resiliencia, nada de eso. Yo digo, sin embargo: no va a pasar nada de eso. Cuba es de corcho, allí donde tú la hundas ella va a hacer así y va a emerger. Porque los cubanos en cualquier lugar somos, efectivamente, conceptualizando, tremendamente resilientes. En las peores condiciones hacemos lo necesario, y salimos adelante, y buscamos una solución. Esa idea de «luchar», del «invento», es típica de la formación subjetiva del cubano, probablemente no solo de hoy. Pero me quiero limitar al presente. Y esa es una gran virtud, pero en ella hay también un defecto, por decirlo de alguna manera. Porque a todo se le «busca la vuelta», a todo se le busca la salida, pero se le deja en el mismo lugar.

No se transforma, no se cambia. ¿Para qué lo voy a cambiar si ya yo le busqué la salida? También quiero cerrar con una anécdota más contemporánea: venía, no me acuerdo de donde, en un vuelo de Copa. Los vuelos de Copa son famosos porque son los más abultados de los que llegan a Cuba. Y mire que hay vuelos abultados, pero los de Copa son los más abultados, y venía en el avión una persona que yo conocía de mí natal Cayo Hueso y nos pusimos a conversar. Me preguntó, ¿y tú qué estás haciendo? Yo soy psicólogo, vine a dar un curso. Creo que fue en Guayaquil. Me dice: «Yo no soy psicólogo, pero le meto a la psicología. Gracias a eso he salido adelante. Yo me dedico a traer y vender cosas». En esos días se había producido un cambio real en el modelo de tramitación de Aduana, no como este que se rumoró hace poco y no era verdad. Entonces a esta persona le dije: «¿Y sabes que cambiaron las leyes de Aduana?» Y me responde, «¿Ah, sí? Mira tú». Y se quedó tan tranquilo… con la misma tranquilidad que yo, que traía menos de lo que me había llevado. No por ningún prurito de pureza, no, no tiene nada que ver con eso.

Es un problema de estilo personal. Y le pregunto: «¿Y no te preocupa ese cambio?» Y me dice, muy cínicamente: «Mira, Calvi, que cambien las leyes de Aduana todas las veces que quieran, pero que no cambien a los socios míos que son aduaneros». Entiéndase, pase lo que pase yo le voy a buscar una salida, yo le voy a buscar una salida. No tengo nada en contra de los buenos aduaneros ni de la Aduana, no vaya a ser que sea mal entendido. Sí lo tengo todo contra «los socios aduaneros», o lo que sean y donde estén, los que se adueñan y trafican con las regulaciones, las normas, las leyes… Estoy trayendo este ejemplo de cómo es el estilo de ser cubano, de que todo se resuelve. Y, por resolver, nos hacemos cómplices incluso de los que podemos considerar que debería ser de otro modo. Pero no lo cambiamos. Le buscamos la vuelta.

Teresa Díaz Canals

Teresa Díaz Canals

A ver, lo pongo ahora en otro contexto: Estoy en el aeropuerto de Miami, con mi hijo, para regresar a La Habana. Me han citado al aeropuerto, no sé si alguno ha vivido esa experiencia, cinco horas antes de la salida del avión, y cuando le digo a la muchacha, en fin, a la compañera, ¿pero cinco horas para qué? me responde: «Ay, profe, es algo muy complicado porque usted sabe, las maletas». Y le digo: pero yo lo que llevo es un maletín de mano. Y me insiste: cinco horas antes. Cuando llego al aeropuerto de Miami entendí el porqué de la medida. Aquello era un almacén en el que no se había extraído un bulto desde hacía 45 años. Así de repleto. Estaba yo parado junto a mi hijo, y al lado se para un joven de uniforme completo, solapín del aeropuerto y todo, y le dice a mi hijo: Oye, bárbaro, ¿ese que está al lado tuyo no es Vale la Pena? Y mi hijo le contesta: «Sí, ese es, el profesor Calviño, es mi papá». «¡Ah…!» Lo vuelve a mirar y le dice: «Oye, dile al puro que por 20 faos lo llevo directico hasta el asiento en el avión». Estoy hablando del aeropuerto de Miami, no el de La Habana. Ese es el cubano, busca soluciones, encuentra soluciones, construye resolutivamente su felicidad, pero es quizás un poco modorro en cambiar lo que hay que cambiar para que esa felicidad no sea resolutiva sino existencial. Muchas gracias.

Teresa Díaz Canals: Solamente quiero hacer una pequeña intervención, teniendo en cuenta mi posibilidad de ser moderadora. Hay dos cosas que quería agregar y es una idea de Friedrich Nietzsche que dijo una vez: «Solo lo que no deja de doler permanece en la memoria». Y otra idea de Martí que dice así —teniendo en cuenta algunas fanfarronerías que he oído en estos últimos días con respecto a los ciclones, y el cubano y los ciclones—, «La grandeza es sencilla y es vulgaridad todo alarde y comentario de grandeza». Esto es con respecto al tema de que a los cubanos no nos importan los ciclones, los resistiremos, no importa, todo lo podemos. Y hay otra cuestión que vi ayer en Telesur. A una cubana que le preguntaron cómo se sentía, cómo estaba, y ella dijo lo siguiente: lo que quisiera es que no hablaran tanto y actuaran más. Ahora le damos la palabra al público. Por favor, digan el nombre y el apellido, que se está grabando.

 

Félix Sautié

Félix Sautié

Félix Sautié Mederos, periodista. Por cierto, Calviño, en Diálogos sobre el destino, del médico y escritor Gustavo Pittaluga, están las concepciones de su época que afirman eso. Y ahora paso a hablar sobre lo que dijo Ovidio. Se puede ser feliz siendo rico o pobre. Yo soy hijo de rico, y cuando nací en mi casa había seis criados, estoy hablando del año 38, y yo incluso tuve preceptor porque no podía caminar. Bueno, ahora casi no puedo caminar tampoco. A mí me enseñaron a caminar con toques eléctricos, una técnica que había en la época que era terrible y yo en esa época fui muy infeliz porque mientras mis seis hermanos, jugaban pelota y corrían, yo no lo podía hacer. Me tocó en el año 56 ver la ruina de mi familia, vi la liquidación de mi casa por un banco. Eso fue terrible. Yo vi la liquidación, unos tipos con unos block anotando. Yo vi a mi padre vender todo lo que le quedaba para poder sembrar en la única propiedad que nos quedó, una finca de recreo que la tuvimos que convertir en productiva. Viví, por tanto, la etapa de rico muy infeliz. Pues bien, yo creo que la felicidad tiene una relación directamente proporcional con los objetivos y las razones de vivir. Porque puedo decir que después, en la lucha revolucionaria, que la tuve, yo era muy feliz, y lo que recuerdo es que todo el tiempo que estuve en la lucha era feliz y tenía montones de problemas, incluso a mí se me murió un hijo de cáncer, que esa es la experiencia más terrible que puede tener una persona, pero yo tenía razones de lucha, razones para vivir. Yo pienso que la felicidad tiene una relación directamente proporcional con entender la vida, por qué uno está aquí y qué es lo que uno tiene que hacer. Y he vivido, por tanto, las dos experiencias. Yo recuerdo a un individuo que me decía: «Señorito, ¿dónde quiere ir?» Era un criado y después fue el primero que se marchó de Cuba. Se fue porque no se sentía bien aquí y mi familia no se fue. Pienso que he quedado para dar testimonio de vida. El testimonio de vida que yo puedo dar es ese.

Daniel Estévez

Daniel Estévez

Teresa Díaz Canals: Bien, gracias. Otra intervención.

Daniel Estévez González, ingeniero automático y trabajo como webmáster en Palabra Nueva, de la Arquidiócesis de La Habana: Buenas tardes y gracias a los panelistas. Quería hacer una pregunta: gracias a mi profesora de geografía, en el Instituto Preuniversitario, en la Vocacional Lenin, que ojalá vuelva a ser lo que fue por el grado de deterioro que actualmente posee, conocí lo que es el IDH, la estadística del IDH que ofrece la ONU, el Índice de Desarrollo Humano. Mi pregunta es la siguiente: si uno analiza el IDH ve en los primeros puestos a países como Finlandia, Noruega, Islandia, Suecia, Suiza e incluso Estados Unidos. Sin embargo, cuando analizas las estadísticas de suicidio se ve en los primeros países a Noruega, a Finlandia, a Suiza, a Estados Unidos. Entonces mi pregunta se refiere al tener. Evidentemente el tener no garantiza la felicidad. Yo creo que eso es casi evidente. Sin embargo, me parece que eso se ha desarrollado últimamente. Porque yo escucho a mis padres, que tienen unos 60 años, decir que eran felices en la pobreza, aquí en Cuba, cuando no había nada, eran felices en la iglesia, cuando todos vestían con los mismos zapatos, todos tenían la misma ropa. Entonces mi pregunta se refiere a eso. ¿Por qué se ha desarrollado tanto ese sentido de felicidad a partir del tener? Y de qué manera nosotros, el profesor, los psicólogos o cualquier persona de una entidad laical o desde la iglesia puede trabajar en pos de fomentar una sociedad en Cuba que no esté envuelta en ese consumismo que está devorando a las personas actualmente. Gracias.

Julio Pernús

Julio Pernús

Julio Norberto Pernú Santiago, periodista de la publicación católica semanal Vida Cristiana: Durante mi vida he estado haciendo un poco ese camino de la felicidad, que yo creo que es algo importante, sobre todo en el mundo juvenil. Por eso me gustó mucho que el profesor Dmitri hablara un tanto de los sueños. Yo hace un tiempo vi un documental donde salía el profesor Calviño contando que había salido ileso de un accidente de avión. Y me digo, una persona que salga ilesa de un desastre así debe ser feliz casi toda la vida. Porque salir vivo de un accidente de avión debe ser excepcional. He crecido en medio de una generación en que la felicidad es bastante abstracta.

El 75% de mis amigos que terminamos juntos la carrera no están aquí en Cuba. En el grupo mío de la Iglesia, el número es mayor todavía. Parece que uno de los primeros objetivos o una de las cosas que marca la felicidad de mi generación es irse del país. Una vez, conversando con una profesora mía de la Universidad sobre estos temas, ella me dijo: el problema es que dentro del socialismo no se promueven los sueños. Quizás ese sea uno de los puntos que el capitalismo siempre ha promovido, como eso del sueño americano. Aquí somos un tanto más de la realidad, de la cotidianeidad. Y yo creo que los jóvenes necesitan de los sueños, sobre todo, ver cómo pueden soñar, qué herramientas pueden tener para poder salir adelante. Aquí hay personas que han cumplido su sueño desde su realización profesional.

Hoy en día muchos de los profesionales que estamos trabajando no lo vemos así. Porque creo que un sueño tiene que ser más que comer y vestirse. Yo tengo un amigo mexicano que también es periodista y recientemente me escribía sobre el huracán Irma y me preguntaba cómo están ustedes, cómo se sienten ahí en Cuba, porque nosotros estamos devastados con el terremoto. Y yo le hablé de una imagen que había visto de un niño que rescató un busto de Martí. Y yo decía: esta es la imagen que se está vendiendo, y él me respondió que en México también. Y yo pienso entonces: la felicidad es agarrarse a eso, a los ideales, la felicidad de ese niño rescatando el busto de Martí.

Mi felicidad es poder también darle comida a mi abuela, que vivo junto con ella, y poder ayudar a mis padres en algún momento porque también, igual que yo, son profesionales y están pasando por carencias, y poder formar yo una familia desde lo que soy. También ojalá que algún día, con mi salario, pueda aspirar a tener aunque sea una casa. Y son cosas que creo influyen un tanto en la felicidad de los jóvenes, por lo menos desde lo que yo veo que estamos sintiendo hoy en día. Gracias.

Teresa Díaz Canals: Gracias, Julio. Por allá atrás estaban levantando la mano.

Ángel Santiesteban, escritor: Buenas tardes. En el 2008 yo era feliz. Tenía una felicidad interior vasta, porque así se le puede llamar haber obtenido el premio Casa de las Américas, haber obtenido el premio UNEAC, el Carpentier y todos los demás premios. Entonces yo me consideraba un hombre feliz. Nunca un policía me había pedido el carnet de identidad. Pero yo tenía una asignatura pendiente conmigo mismo que era un sueño de algún día tener una esquinita en un periódico y allí poder decir mis puntos de vista. En el 2008 fui a República Dominicana y allí me enteré que existía algo que le decían blog, ¡Oh!, aquello me pareció, y me disculpan los presentes, cosa de Dios y me fasciné, me abrí un blog.

Ángel Santiesteban

Ángel Santiesteban

¡Cómo no voy a tener un blog, sí, yo quiero un blog! Regresé a Cuba y quise solidarizarme con un grupo de artistas y de escritores que habían ido a México y los habían engañado. Cuba tenía que haberles dado un dinero para que se mantuvieran allí, era el convenio que tenían con los organizadores de esa Feria. Pero cuando llegaron los cubanos no tenían comida, no tenían qué comer, porque México había dicho: nosotros ponemos los pasajes y ustedes ponen la estancia. Bueno, yo publiqué eso y eso me costó que me quitaran Cubarte, que me censuraran, que una funcionaria me dijera que estaba al servicio del enemigo, y enseguida me citaron.

Hubo artistas que fueron a mi casa a decirme esta frase: te van a enseñar los instrumentos. Yo, en definitiva, siempre he querido ser honesto conmigo, que es lo que me interesa. Un oficial de la Seguridad me dijo que yo era disidente; yo no sabía que yo era disidente, lo supe allí, y en realidad yo no conocía a ningún disidente. Seguí, ya sin Cubarte, sin esa posibilidad de poder comunicar, pero seguí escribiendo. Y la cosa no llegó ahí. A mí, que nunca me habían pedido carné de identidad, me hicieron una petición fiscal de 54 años por violador, por ladrón, por arrollar un niño en la vía pública e irme a la fuga. Por suerte, gracias a Dios, el niño nunca apareció. Además, con un testigo que explica en un video que le tomó una amiga con una cámara, que lo están presionando, que le han regalado ropas, y enseña las ropas que le han regalado.

Bueno, para resumir, acabándose la Feria del Libro me hacen un juicio sumarísimo donde me condenan a 5 años por supuestamente haber entrado a una casa y haber empujado a una persona. Esa persona, y tengo su testimonio, hoy me pide perdón por haberse prestado para eso. Pero lo doloroso de todo es que quizás aquí haya algún intelectual que firmó en mi contra. Porque se recogió la firma de muchos de ellos. En la Escuela de Psicología muchos firmaron en mi contra, y yo tenía en Internet todas las pruebas que demostraban que yo era inocente, pero fue como un llamado oficialista. Muchos fueron a firmar sin interesarle quién era ese ser humano, qué situación era la que tenía ese ser humano. Yo puedo decir que antes de caer preso, antes de sancionarme, y me sancionaron por un acápite que no me tocaba, todo fue una burla.

Finalmente me sancionaron a cinco años y estuve dos años y medio preso. En medio de este dilema mi editora alemana le mandó 10,000 euros a mi hermana en Estados Unidos para que me sacara del país en una lancha. Yo no me quería ir y no me quiero ir; pero tuve este conflicto con mi hermana porque no solo sufría yo. El problema es que haces sufrir a tu familia, y mi hermana me dijo: ya lo tengo todo conseguido, te van a avisar para que salgas de Cuba antes que vayas preso. Yo no quería ir preso, yo quería seguir viviendo libre. Yo prefería estar aquí preso que libre en Miami porque creo que cuando uno se va de Cuba ya uno no es más feliz. Esa es la apreciación que yo tengo. He estado en los Estados Unidos, en Europa, en parte de América, y los cubanos que están allí, aunque tengan muchas cosas materiales, no conozco a ninguno que sea feliz.

Para resumir, no cambiaría los dos años y medio que estuve preso. En la cárcel creo que fui feliz porque supe del dolor más cercano. Fue como un trabajo sociológico y donde yo estaba no podían golpear a un preso, no podían mandarlo a trabajar estando enfermo. Yo era como el defensor de aquellos presos. Porque enseguida hacía la denuncia y venían oficiales a ver la situación que yo había denunciado. Y creo que fui feliz. Porque yo lo único que quiero que recoja mi curriculum es: Ángel Santiestebán fue un escritor que luchó contra la dictadura en su tiempo. Ya para resumir: hace unas horas acabo de ver la gente en 10 de Octubre y Santa Emilia en la desesperación por la falta de luz eléctrica, la falta de agua, con sus hijos en los brazos. Se lanzaron a la calle. Uno que ha sido criado en un Estado socialista donde se supone que el gobierno es paternal, uno imagina que en esa situación inmediatamente le van a mandar camiones con agua, con alimentos, con ayudas de inmediato.

Bueno, lo que vi en el video fue que mandaron la brigada de las avispas negras para apalearlos si fuera necesario. Y mi pregunta ahora es: ¿se puede ser feliz sabiendo que los que te rodean son infelices, aunque uno tenga una vida interior feliz? ¿Eso no contamina la felicidad interior de uno? Muchas gracias.1

Teresa Díaz Canals: Vamos a hacer un alto para que el panel intervenga.

Ovidio D’Angelo: Por supuesto, nosotros no vamos a dar una respuesta, nosotros vamos a dialogar y desde puntos de vista donde podamos encontrarnos o tener desencuentros, pero promover un poco el diálogo. Porque yo creo que es importante el diálogo. Y voy a unir las cuatro intervenciones de alguna manera. Totalmente de acuerdo con lo que planteaba Sautié.

Yo creo que encontrar el sentido de la vida, tener un sentido, un significado de la vida, ya sea trascendente, sea terreno, sea basado en un ideal de lucha o un compromiso social, considero que es un sostén importante para esa vivencia sintética de la felicidad. Y yo en lo personal he trabajado mucho tiempo el tema de la autonomía y los proyectos de vida. Creo que, efectivamente, este es un punto clave que debería ser de interés social. Lo que decían Daniel y Julio, con respecto a los espacios para realizar un proyecto: Yo creo que tuvimos épocas donde eso era más posible, en la época de nuestros estudios había más posibilidad de hacer eso.

Actualmente hay muchas limitaciones por haber muchas contradicciones sociales. Porque te gradúas de ingeniero, pero después el salario no te alcanza o no te puedes expresar de una manera o de otra en tu profesión. Considero que deberíamos tener muy claro a nivel social, y lo debería tener claro también la dirección del país, la actual y la futura, la necesidad de apoyarse en la construcción de la autonomía personal y colectiva. Sin autonomía un niño no se hace independiente, no se hace persona, y sin autonomía las personas ya adultas tampoco llegan a ser realmente personas. Todo lo que sea el establecimiento de un orden represor con respecto a normas impositivas demasiado coactivas realmente son contraproducentes al desarrollo humano.

Creo que las posibilidades de establecer espacios de desarrollo de los proyectos de vida, no solo a nivel social, en general, sino a nivel de la familia, del centro de trabajo, de la relación con los demás, es lo que realmente nos da un impulso para seguir adelante. Por otra parte, este problema de la autonomía también está asociado al respeto a ciertos derechos elementales y, por supuesto, ahí coincidimos con algunas apreciaciones. Todos de alguna manera hemos vivido momentos de intimidación, ya sea en la familia, en nuestro centro de trabajo, a nivel político, etc.; podemos haber tenido esos momentos desagradables y contraproducentes. Por lo tanto creo que realmente el tema de la felicidad no solo es intimista, no solo es individual; es también social.

Dependemos mucho de los factores sociales que norman la vida, que crean espacios, que abren puertas y que no son limitantes al desarrollo. Y aquí tendríamos que proyectarnos hacia cómo están establecidos los derechos en este momento, cuál es el estatus jurídico de nuestro Estado, cuáles son y, en qué campos realmente habría que tener un avance, una apertura para la expresión. No tenerle miedo a la expresión personal, no tenerle miedo a la contradicción, no tenerle miedo al diálogo y propiciar que realmente haya este clima social que yo creo que nos merecemos. Gracias.

Dmitri Prieto: Bien, aquí han puesto a un antropólogo, es decir, a mí, entre dos psicólogos. Ah, bueno, Ovidio también es sociólogo. Voy ahora a una cuestión que es netamente antropológica y bien concreta, que es la pregunta que alguien hizo sobre el Índice de Desarrollo Humano, IDH, y estoy mencionando esta cuestión disciplinar porque yo me acojo a la posibilidad de dar una respuesta que probablemente miembros de otras profesiones no van a estar de acuerdo, los psicólogos, pero quizás sí los economistas. El IDH se calcula por un algoritmo matemático.

Y el suicidio, sabemos todos lo que significa el suicidio, responde a una cuestión también fundamentalmente de diferencias culturales porque no en todas las culturas la felicidad se ve de la misma manera. La cultura a la que nosotros pertenecemos, que no es solamente la cubana, después de todas las diatribas a favor, en contra, de lo cubano que hemos escuchado, también está muy marcada por la llamada cultura occidental, que yo prefiero llamar norte-atlántica, pues me parece geográficamente más concreta, está muy marcada por este fetiche del desarrollo. Y este fetiche de desarrollo ha determinado también las nociones que se tienen de felicidad, por lo cual no me extraña la paradoja esta entre el desarrollo y los indicadores de suicidio.

Porque no es solamente el tener, sino el tener más, es bien distinto tener que tener más y es bien distinto también tener cosas más novedosas. Es la propia mega-máquina, de la cual habló un investigador que se llama Lewis Mumford, que cada día, cada mes, cada año, surgen productos nuevos, novedosos, pero muchas veces no son exactamente útiles. Yo no veo mucha diferencia entre el Microsoft Word que utilizo ahora y el que usé hace diez años y, sin embargo, me lo imponen para yo estar insertado funcionalmente en la sociedad en que estoy. Y así yo soy parte de ese llamado desarrollo. Entonces yo llamo a todos los interesados en esta problemática a cuestionar lo que es el IDH, a leer antropología.

Estas son polémicas con cantidades industriales de debates. Al igual que también el tema del supuesto socialismo. Hay un solo modelo de socialismo, con diferentes variantes, que en el siglo XX y lo que va del xxi ha sido probado: el socialismo de Estado, que es el de la Unión Soviética y el de Cuba, con sus variantes. No es igual el socialismo soviético, el de la Unión Soviética, por ejemplo. Cuando yo era niño y vivía en la URSS, allí sí se tenían sueños y también allí uno sabía que se graduaba y no quedaba precarizado como sucede aquí normalmente. Precarizado es esto que Ovidio decía que no alcanza el salario, que cuando nosotros lo multiplicamos por la cantidad agregada de personas que se gradúan uno no se da cuenta que esto es un gran fenómeno social. Aquí no hay proletariado, aquí hay precariado. Estar precarizado quiere decir que la actividad fundamental para la persona subsistir no es aquella que uno profesionalmente desarrolla en su trabajo formal sino otras actividades, la famosa lucha o la busqueda.

Y este proyecto de socialismo que está asociado a una Revolución de la cual este año se conmemora el centenario, la de octubre, en Rusia, está vinculado también a prácticas totalitarias y al gulag y a todas estas cosas que se ha hablado aquí. Pero nosotros no tenemos por qué encerrarnos también en este punto. Porque de los años 60 hasta hoy han ocurrido cambios. No es lo mismo el proyecto Apolo, de viajar a la luna, que el proyecto Apple, de Steve Jobs, de construir computadoras para usuarios utilitarios en el mundo. Había otras metas en el siglo xx para los seres humanos, digamos un poco más allá de lo cotidiano, que ahora ya no existen. Hay todo un gran sistema cultural que entró en crisis, que trasciende lo que pasa en Cuba, y tenemos que ser capaces de recepcionar ese mensaje también. ¿Por qué? Por una razón muy simple: hace 20 años a lo mejor había para los cubanos modelos de felicidad fuera del país. Y no es que hoy no los haya, hoy sí los hay, pero es otro tipo de felicidad más vinculada a esta trampa del consumo. Por eso es que yo hablaba al final de la las catacumbas. Hay que ver esto en larga duración histórica. A veces nos parecemos demasiado a los cristianos de la época final del imperio romano porque también estamos conviviendo en una crisis civilizatoria.

A veces los cubanos, en esta búsqueda de la felicidad, nos centramos en lo que pasa en Cuba y eso no es lo único que pasa en el mundo. Ya por último: disidente no es una mala palabra, disidente es aquel que disiente y en todas las sociedades ha habido disidentes y eso está bien. Y sobre el sistema carcelario, el cubano o fuera de Cuba, yo, como defensor del socialismo libertario, no del socialismo estatal, estoy en contra de él. Creo que el sistema carcelario es algo que tiene que ver mucho con
la corrupción del ser humano. Ya sobre eso escribió Foucault, escribió Dostoievski y escribieron muchos autores más. Gracias.

Manuel Calviño: Volvemos otra vez. ¿Dónde concentrar la mirada, en la experiencia personal o en la experiencia social? ¿En la historia de cada uno de nosotros como sujetos, como familia, o en la historia de cada uno de nosotros como grupo, como instituciones, como país, como proyecto? Creo que esto marca diferencias esenciales y yo, personalmente, no me atrevería a establecer alguna fórmula única.

Yo tengo un algoritmo, una holística, una lógica de cómo recepcionar, asimilar y construir mis decisiones y considero que esto es una cosa importante. Cualquiera de los presentes, o muchos de los presentes, no los conozco a todos, pero los pocos que conozco yo sé que podrían levantar la mano y hacer, como mínimo, una breve historia anecdotaria de los sucesos personales en los que ha sido desde incomprendidos, hasta rechazados, hasta perseguidos.

Todos, todos, todos, por diferentes razones, por ideas políticas, por pelos largos o más cortos, por tantas razones, pero yo concentro la mirada en un hecho contundente para mí, los que por lo menos están en esta sala: están aquí, no están en ningún otro lugar. Están aquí, y están aquí haciendo una contribución a la vida del país, a la cultura del país, una contribución que puede ser más contundente, menos contundente, más favorecida, más desfavorecida, pero están aquí y la están haciendo y ando mal en mi holística personal si me pongo a pensar en los que no me dejaban entrar en la Unión de Jóvenes Comunistas porque tenía el pelo largo, muchos de los cuales hoy están en Miami, por cierto, y yo estoy aquí. ¡Qué no podremos contar, Sautié, que no podremos contar!

Y yo creo que la gran victoria está en que por encima de esas adversidades, que son adversidades de personas, seguimos aquí. Porque no podemos comparar ni diluir los procesos de las personas. Las conductas de las personas no son derivadas directamente de los procesos en los que están inmersos. Esa es una apropiación mecanicista del pensamiento. Son personas que cometieron y que cometimos tantos errores en nuestras vidas, tantos errores en nuestras vidas, y que los hemos ido modificando y los hemos ido superando. Yo no puedo construir la mirada de lo que pasa, pongamos por caso, en este país, desde experiencias particulares, desagradables y notorias, que sin duda existen, pero yo también pudiera hacer ahora mismo, ahora mismo, cuentos de mi barrio, que no es 10 de Octubre, pero puede ser otro barrio, donde la gente tras el paso de Irma se tiró para la calle a ver qué le pasaba al de al lado, a ver cómo podía ayudar al de al lado, a ver cómo podía compartir lo poco que tenía con el otro, a ver cómo podía ayudar al viejo desvalido que no puede cargar el cubo de agua a un segundo piso.

Y esa es la Cuba con la que yo sigo soñando y sí, creo en los sueños. Es la Cuba de la justicia social, es la Cuba del emprendimiento social, es la Cuba de la cooperación, es la Cuba de la colaboración, es la Cuba de la gente que se habla y que no hay que explicarle qué cosa es un diálogo porque lo siente y lo hace. Esa es la Cuba que yo miro y esa es la que sustento y esa la que apoyo y esa es la que entiendo que está tratando de emerger dentro de muchas adversidades que no tienen nada que ver solo con Cuba, como decía, que tienen que ver con muchas razones. Entiendo que el sentido mismo de mi vida lo que me hace feliz es saberme a mí mismo luchador contra esas adversidades y saber que el de al lado es compañero de lucha contra esas adversidades. Incluso aquel que no necesariamente piensa igual que yo y aquel que no necesariamente siente igual que yo, pero tiene la misma vocación que yo.

Y aun así cuando hablo de vocación seguramente dejaré fuera a muchos que no tienen mi vocación. Por lo tanto creo que esa es la mirada y sin duda alguna lo que nos decía Sautié: es un tema de valor y los valores nacen y se crean. No podemos responsabilizar en última instancia a nadie más que a las propias personas, porque muchas veces criticamos el mecanicismo de ciertas formas de pensar y nosotros mismos, pensamos mecanicistamente. Entiéndase, yo no puedo criticar a ninguna configuración, ni económica, ni política, ni social, de mi comportamiento porque todo eso pasa a través de un ejercicio básico que es lo que me hace humano, que es el ejercicio de mi voluntad y de mi convicción, que es el ejercicio de mi libertad, que no se la tengo que pedir a nadie ni que nadie me la da, porque es mía.

Teresa Díaz Canals: Muchas gracias al panel. Vamos a hacer una segunda y última ronda de intervenciones del público. Vamos a darle la palabra al joven.

Armando González Roca, historiador: Primeramente quisiera darle las gracias al panel por traernos este tema en un momento en que realmente Cuba está necesitada de encarar todo lo que nos ha pasado, pero de esta forma, viendo quiénes somos y hacia dónde vamos. Quisiera hablar sobre una palabra que no ha mencionado el panel y que para mí es una palabra principal, es una palabra cuya esencia profunda define la historia del pueblo cubano, el ser del cubano y el deber ser del cubano, que es la palabra esperanza.

Armando González Roca

Armando González Roca

Yo no concibo una felicidad que no piense en la esperanza, una felicidad que no espera y una felicidad que no añore, que no tenga sueños. ¿Por qué lo digo? Hay dos pensadores disímiles, pero que abordan mucho este tema: Gabriel Marcel, cristiano, y el pensador Ernst Bloch, marxista, y cómo dos pensadores de dos escuelas diferentes en el siglo xx van a reflexionar sobre el tema de la esperanza. Recuerdo que hace unos años ya Espacio Laical también hizo un panel acerca del tema de la esperanza y de cuán importante era para un pueblo que desde los inicios de su historia siempre ha estado esperando algo.

Yo creo que es un tema que quizás el panel pudiera abordar, el tema de la esperanza, la esperanza un poco como decía Dmitri, la esperanza desde una mística interior, como tantos pensadores, cristianos o no, la han visto, la experiencia de una liberación interior, de una paz interior, pero también viéndola desde el punto de vista de Ernst Bloch, la experiencia de una esperanza en el contexto de la liberación social, cómo la liberación social, cómo el derribo de barreras sociales, cómo el énfasis de la creación de algo nuevo va acompañada de una liberación también interior. ¿Por qué motivo? Porque creo que en la historia del pensamiento, cuando hablamos de la felicidad, el tema está dado en que muchas veces se ha puesto el énfasis en una cosa y no en la otra, y muy pocas veces se ha visto al ser humano integralmente.

Aristóteles decía que la felicidad era estar poseído de un demonio bueno, eudaimonia, pero la felicidad para él consistía básicamente en el ejercicio del pensar, porque lo más acorde a la naturaleza humana era la actividad racional. Otros dirán que lo más acorde para buscar la felicidad es la pasión, el placer, la satisfacción de lo sensorial y, sin embargo, ambas visiones nos hacen perder la integralidad de la persona humana, la cosmovisión humana, la persona vista unitariamente y no la dualidad: la razón, el sentido o la mística interior y la liberación social. ¿Cómo se ve esto? Muchas gracias al panel y a la revista Espacio Laical por esta nueva oportunidad de diálogo en el cual crecemos todos.

Orlando Freire Santana

Orlando Freire Santana

Teresa Díaz Canals: Gracias a ti. Otra intervención.

Orlando Freire Santana, periodista independiente y economista: Lo que yo quiero plantear se vincula bastante con lo que dijo el joven historiador. Muchas veces decimos que no somos felices porque no tenemos lo material, pero en este momento en nuestro país, lamentablemente, muchas personas no somos felices por la incertidumbre con que se mira el futuro, incertidumbre que nos hace ver el futuro con tristeza porque no sabemos lo que pueda pasar. Y eso, a mí modo de ver, se vincula mucho con la poca institucionalidad que hay en este país. En Cuba lamentablemente la voluntad de las autoridades pesa más que la institucionalidad. Ejemplo clásico, lo que ha pasado recientemente con los trabajadores por cuenta propia, cuántas personas echaron adelante sus ahorros, sus esperanzas, su futuro y, sin embargo, medidas tomadas ahora le han tronchado ese futuro. Evidentemente esas personas viven con una incertidumbre grande y eso sin lugar a dudas imposibilita que sean felices.

Teresa Díaz Canals: Gracias. Por favor, otra intervención.

Roberto Felipe, estudiante del Instituto del Centro Cultural Padre Félix Varela: Gracias al panel y gracias a la revista por el espacio. Si mal no recuerdo, esta frase de «¿somos felices aquí?», pero utilizada de otra manera, no con signos de interrogación sino con signos de exclamación, fue el lema del Cuarto Congreso de la Fundación de la Unión de Pioneros José Martí.

Sí recuerdo que fue en algún congreso donde todos aquellos niños gritaban «¡somos felices aquí, somos felices aquí!». Fue uno de los momentos también en que el Comandante estuvo allí y entonces le decían: «qué tiene Fidel, qué tiene Fidel, que los americanos no pueden con él». Entonces, él dijo: los tengo a ustedes y los niños ¡eh! ¡eh! Toda una gran alegría. Digo esto solo para asentar la frase, que es de lo más interesante: somos felices aquí. Se ha hablado un poco de la felicidad. Yo creo que a lo mejor nos hemos ido muchos a intentar, como decía el panel, conceptualizarla, a tratar de dar una explicación de qué es la felicidad, por qué la felicidad.

Roberto Felipe

Roberto Felipe

Y ya decía el profesor Calviño que estamos frente a un concepto bastante relativo, donde también confluye el asunto de que si el que es rico es más feliz que el que es pobre, de que si hay pobres que son felices en su pobreza, de que si hay ricos que son infelices en su riqueza. Luego entonces estamos hablando de una felicidad que es contradictoria con la tristeza, estamos hablando de una felicidad que es contraria con la no tristeza. También Dmitri Prieto decía algo interesante cuando citaba el Magnificat. Yo desde mi formación cristiana, católica, desde pequeño, luego de algunos estudios aquí, en este mismo Instituto, y en el Seminario San Carlos y San Ambrosio, y conociendo un poco el catecismo de la iglesia, cuando el profesor Dmitri decía el Magnificat y citaba la parte de «se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador» me decía: Bueno, aquí ya a mi entender tenemos un camino, a lo mejor los que me escuchan dirán: eso es un poco espiritual; pero yo creo que por ahí va la línea. Porque de ahí salen varias cosas. Lo primero que el catecismo nos señala es que estar en Dios es la verdadera felicidad. Algunos dicen que hay que morirse para ir al cielo, de que vamos a ese estado donde seremos felices porque está Dios, porque vamos a ver el rostro de Dios.

Y yo me digo: bueno, es que Dios es amor. Yo creo que amar y ser amado te hace feliz. Voy a lo que decía el profesor Calviño, que cuando uno llega a una madre y la madre está con el niño y te dice: mira qué bonito es. Uno dice: de bonito no tienen nada, pero ella es feliz porque ama, es feliz porque ama a su hijo, y hay una relación de amor que no es un sentimiento, es esa entrega que hace la madre hacia su hijo. Esa relación de amor que hay ahí es felicidad. Esa relación de amor también es Dios, Dios es amor y la Biblia lo dice. Luego ¿en dónde se deposita la felicidad? Cualquiera dice: soy feliz porque tengo un celular. De alguna manera los panelistas nos daban una idea, y yo me hacía la pregunta: ¿en dónde se deposita la felicidad? Actualmente en nuestro país la felicidad, de acuerdo con una inversión, no a una pérdida de valores, a mí no me gusta hablar de pérdida de valores sino de inversión de la escala de valores, la gente muchas veces deposita la felicidad en lo material. Pero si se te rompe el celular nuevo que te compraste, y gastaste 200 CUC, se acabó la felicidad.

Viene la tristeza hasta que otra cosa material llene ese vacío. Entonces, yo me digo: Dios es eterno, Dios no se rompe, no se va, está siempre, y Dios es amor. El profesor Calviño también decía: la felicidad está dentro del hombre mismo. Realmente a veces buscamos la felicidad afuera y no la buscamos dentro de nosotros mismos. Tenemos que buscarla dentro de nosotros, conocernos en nuestro interior, conocernos a nosotros mismos y encontrar la felicidad, que no es más que ese amor que podemos dar al otro y que podemos recibir del otro. ¿Por qué? Porque el hombre está creado a imagen y semejanza de Dios y si Dios es amor el hombre también es amor. Por lo tanto el hombre es como la fe. Yo digo que la fe es un don que Dios te da y que tú tienes la libertad, que Dios también te ha dado, de dejar de fortalecerla o no. De quedarte con ese poquitico o aumentar esa fe. La felicidad va por la misma línea, a mí entender. Dios te da ese don. Dios te da ese amor que es felicidad cuando eres creado a imagen y semejanza de él y tú tienes la libertad de encontrarla y de buscarla, primeramente, para luego encontrarla. Luego también sería importante que el panel ahora, en este segundo momento, tocara a lo mejor el tema de cuándo la felicidad es aparente y cuándo verdadera.

Por último, el profesor Calviño también hablaba de Jesucristo, decía que era feliz en la cruz. Claro, Jesucristo era feliz muriendo en la cruz porque nos amó hasta el extremo de que fue capaz de entregar su vida por nosotros, porque nos amó a todos. Y estamos viendo entonces un caso de felicidad plena.

Enrique López-Oliva

Enrique López-Oliva

Teresa Díaz Canals: ¿Alguien más quiere intervenir? Por favor, López Oliva.

Enrique López Oliva, periodista y profesor de historia de las religiones en la Universidad de La Habana. Yo quisiera nada más que puntualizar algunas cosas. Que en todo análisis hay muchos factores y problemas de coyuntura. No es lo mismo la felicidad hoy, aquí, que lo que fue hace 50 ó 60 años. No es lo mismo la felicidad en Cuba, con todo el contexto que tenemos, y más ahora después del huracán, que la felicidad en otro lugar, en otro momento. En México mismo, donde acaba de haber un terremoto que ha provocado casi cien muertos. Los contextos son, en mi opinión, determinantes en el análisis y hay que tener en cuenta que hay muchos factores que entran a jugar, factores inclusive, imprevisibles, como puede ser un terremoto. A mí me ha sucedido, salgo a la calle sin dinero y me encuentro 50 CUC.

Creo que me pasan esas cosas porque creo en los milagros, para mí el milagro es algo que aparentemente puede ser que no tenga una explicación, pero la podemos encontrar. Lo que pasa es que no hemos hallado esa explicación. Entonces yo diría que la felicidad es algo a lo que todo el mundo aspira, pero quizás no todos logran tenerla. Sin embargo, no deja de ser una bonita aspiración.

 

P. José Alejandro Pérez

P. José Alejandro Pérez

Teresa Díaz Canals: Gracias, López Oliva. Le damos la palabra al siguiente.

José Alejandro Peña, sacerdote escolapio: Buenas tardes. Calviño, usted en una historia terminaba con una sentencia que era que la felicidad del cubano era una felicidad resolutiva y no existencial. Esto a mí me pareció muy fuerte porque me hacía yo la pregunta de ¿realmente es una felicidad? Porque puede ser circunstanciado, que dependa del momento, la situación, pero realmente es algo arraigado y que lleva a la persona a la realización y sobre todo no solo a la realización personal y humana sino del contexto y de quienes le rodean. Y yo creo que esta frase pone en interrogantes si es una felicidad real. Muchas gracias.

Teresa Díaz Canals: Gracias. Por favor, Machado.

Ricardo Machado, sociólogo: El gran riesgo de este tema es la banalidad, y yo había decidido no intervenir; pero voy a usar un solo minuto para hacer dos o tres comentarios, un poco sueltos, sobre el debate de hoy. Yo adelanto que tengo mucho sesgo generacional para juzgar esto por la generación a que pertenezco. Yo viví el capitalismo aquí, y he tenido que viajar mucho. Conozco a México, por ejemplo, donde he estado 22 veces.

Y hay momentos en que medito qué hubiera sido de este país si no se hubiera producido ese cambio que mucha gente no entiende, sobre todo las nuevas generaciones, porque no pueden comparar. Este país sería como México, una isla, Ayotzinapa, la droga en todas partes. Ese es el destino que nos esperaba.

Ricardo Machado

Ricardo Machado

Por otra parte, una observación: para entender este país y discutir todas estas cosas no se puede dejar fuera algo que voy a recordar de mi etapa de estudios con los Jesuitas, en San Ignacio: la cultura de plaza sitiada, pero no sitiada por cualquiera, sino sitiada por el poder más grande del mundo. No es posible analizar ninguno de estos problemas si usted no parte de esto. Ese es mi punto de vista. No es posible llegar a una conclusión cierta si no partimos del criterio de que somos un país acosado, porque este país mandó hace 60 años un mensaje global de desobediencia y eso hay que pagarlo. Está el caso acá del compañero Santiesteban, que debe ser verdad; pero yo pudiera narrar anécdotas, como decía Calviño.

Yo tuve a mi nieto preso por ir a la calle G, porque cometió el error de caer en la droga, y puedo hablar de su verdadera rehabilitación gracias a los compañeros del Minint, en los que vi un gran humanismo y un gran apoyo. Es mi anécdota personal. Él tendrá otra; yo cuento la mía. La sociedad cubana es muy compleja, quizás una de las más complejas del mundo. Tenemos muchas contradicciones y hay muchas paradojas. Yo recuerdo a un sociólogo que inventó el término «belindia», es decir una serie de indicadores de Bélgica y otro conjunto de indicadores de la India, y tenemos toda esa combinación aquí. Esta es una sociedad que ha tenido un grado de complejidad y un grado de presión exterior tan grande como yo creo que pocos colectivos humanos han tenido que enfrentar. Gracias al panel y gracias por la oportunidad de dar nuestro criterio.

Teresa Díaz Canals: Ahora pasamos a darle la palabra a Gustavo Andújar.

Gustavo Andújar, del Centro Cultural Padre Félix Varela: Hay una película cubana que es tal vez una de mis favoritas: Suite Habana. Creo que todos la hemos visto y recuerden que recorre la vida de doce habaneros durante 24 horas. Al final de la película cada uno de esos habaneros dice su sueño, expresa cuál es su sueño, aparte de que es una película muy conmovedora y que el momento en que se produjo fue un momento tremendo también, se me ha quedado siempre la impresión de qué pequeños eran todos los sueños que se presentaban.

Eran sueños chiquiticos, todos. Dejando aparte a la última, Amanda, la vendedora de maní, que dice que ya no tiene sueños, pero realmente no era así. Porque a cada uno de los participantes le dieron una cantidad de dinero y ella se compró un refrigerador, que no tenía. Entonces tenía una aspiración, un sueño. Porque sin sueños no se sale adelante, si nos conformáramos siempre con lo que tenemos estaríamos en las cavernas todavía; siempre tiene que haber algo que nos impulse a movernos, a trabajar, a buscar algo mejor. ¿Qué se puede hacer para provocar sueños más grandes en el cubano? Esa es una preocupación. Yo me quedé con aquella impresión y creo que todavía estamos a ese nivel, yo no veo que haya gente que tenga grandes sueños y me parece que sin grandes sueños nunca habrá grandes realizaciones. ¿Cómo se puede hacer para que la gente tenga sueños mayores?

Teresa Díaz Canals: Gracias, Andújar, Sautié quería añadir algo.

Félix Sautié: Creo que lo fundamental es que no perdamos la esperanza. Hay que fortalecer la esperanza. Yo me siento discípulo de Casaldáliga, y Pedro Casaldáliga ha escrito mucho sobre la esperanza; sin tener esperanza no vamos a poder resolver ningún problema.

Teresa Díaz Canals: Ahora le vamos a dar la palabra, ya para cerrar la actividad, al panel. Solamente quería agregar una idea de María Zambrano, que escribió sobre la esperanza, pero la esperanza creadora. Ahora tiene la palabra el panel.
Ovidio D’Angelo: Bien, se mencionaron varios conceptos importantes: esperanza, incertidumbre, fe, contextos y sueños, que de alguna manera están relacionados. También autonomía, lo dije yo.

Hay un gran pensador de la teoría de la complejidad, Edgar Morán, que dice que vivimos en un archipiélago de certidumbres y en un mar de incertidumbres. Y eso pasa aquí, allá y acullá, es parte de la cosmovisión de los procesos. No obstante, yo estoy de acuerdo con alguien que dijo que una manera de reducir la incertidumbre, porque no se puede vivir en una incertidumbre permanente, en no saber lo que va a pasar mañana, si sube, si baja, si va de lado, es buscar una institucionalidad lo más estable posible, y yo creo que eso es parte del reto de lo que planteaba otro compañero sobre el tema de la esperanza, así como otros que también planteaban el tema de la libertad interior y la fe.

Pienso que sí, que de esa manera, un poco mística quizás, ya sea portadora de una fe religiosa o trascendente, nos hacemos inmunes a los efectos de la realidad, que puede ser muy incierta, muy agravante en muchos sentidos. Aquí se estableció una cierta diferencia entre libertad interior y libertad social o entre felicidad interior y felicidad social, y creo que ese sentido de la felicidad social se obtiene no solo por el amor al otro, que es importante, y es una base, sino por la acción, por la promoción de una gestión colectiva, de una auto-organización solidaria.

En fin, pienso que puede haber un sentido de felicidad construido de manera más contextual y más amplia. Por otro lado, efectivamente, creo que tenemos deudas con el tema de los sueños, y quizás exista la necesidad de espacios de apertura para la expresión de diferentes ideas, de diferentes puntos de vista, aun sabiendo el contexto en que estamos, que es internacionalmente muy complicado y en algunos casos contra nosotros muy agresivo, pero debe buscarse la manera de que entre todos construyamos, de que todos nos oigamos, de que todos expresemos nuestros sueños, nuestros anhelos, y no solo el de llegar a ser el travesti reconocido de Suite Habana sino también el sueño de ser un ciudadano que pueda aportar, ser oído, escuchado, y que pueda también ser controlador de la realidad en la que vive. Yo creo que eso es muy importante y es parte de un anhelo que deberíamos intentar cumplir. Porque es parte de la lucha y la acción social en la que deberíamos comprometernos.

Dmitri Prieto: Para Armando y para el resto de los que hablaron de la esperanza. Cuando yo estudiaba en la Universidad de Las Habana iba mucho a la Biblioteca Central, en La Colina, y allí leí un libro que se publicó aquí en Cuba en los 60 por una editorial que se llamaba Polémica, creo, que es El hombre unidimensional, de Herbert Marcuse, un libro bastante polémico todavía hoy y un autor también polémico, un marxista subversivo, y a mí lo que más me impresionó del libro fue el final, donde Marcuse no puso sus palabras, sino que citó a otro gran autor, que es Walter Benjamin, y ese final decía: solo gracias a los desesperados nos será concedida la esperanza. Esa frase para mí ha marcado mi vida y ha marcado mi visión de lo que es la esperanza. Para el colega Freire: lo que más me molesta hoy en Cuba no es tanto la incertidumbre como el desgaste, ese desgaste que permea a todas las estructuras y que yo diría es lo que más conspira en mi entorno contra la felicidad. Hablaba Andújar de Suite Habana, después de Suite Habana hubo cambios, hubo la revolución energética, después la reforma desde el 2016, la actualización del modelo cubano y todo eso. Aun así todavía el desgaste está ahí, como el cuento de Augusto Monterroso que dice que cuando despertó todavía el dinosaurio estaba allí.

Resulta un desgaste superpuesto con una crisis que no solo es institucional, es existencial en Cuba. A mí no me preocupan tanto los que se van como los que nos quedamos, esos me preocupan, me preocupan muchísimo, y el lugar de Cuba en el mundo, el futuro, porque para mí no es una Cuba abstracta, no es un modelo, sino de qué manera se logra transponer esta misma Cuba para el futuro, con todo ese reguetón que es lo que se oye. Y lo que más me preocupa es que esa Cuba va a ser transpuesta al mundo, no como una isla, ni siquiera como un archipiélago, sino con un fondo no tanto de incertidumbre como de colapso civilizatorio. Porque no es solo Donald Trump, también es lo que pasa en Europa, es lo que pasa en América. Hay muchas menos ideas orientadoras globales que hace 20 años y mucho de esto depende de nosotros también, de la responsabilidad nuestra de haber creado posibles esperanzas que después no se cumplieron, y la ca
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pacidad nuestra de desesperarnos lo suficiente ahora para que otras de esas esperanzas a lo mejor puedan cumplirse más tarde. Ahora, Roberto Felipe, muchas gracias por hablar del amor, pues creo que ahí hay una gran clave. Yo soy, además de anarquista, cristiano ortodoxo, y vamos a ver ahora por qué. Cuando yo empecé a hablar aquí en el panel mencioné dos asesinatos legales, el de Jesús y el del niño que mataron los soldados del rey, y estos asesinatos, en ambos casos, fueron cometidos por estructuras del desamor que imperan todavía hoy en la sociedad. El mundo ese que el cristianismo presenta en los Evangelios con un sentido un poco peyorativo, las estructuras del desamor. Como decía el profesor Calviño, tenemos cada uno de nosotros la opción frente a las estructuras, esas estructuras no son omnipotentes, no son totalitarias, no nos dominan nunca totalmente; tenemos la opción de militar y de amar frente a esas estructuras.

Pero ahí es donde surge el gran problema porque cuando nosotros nos levantamos contra esa estructura en nombre de esta opción nuestra de amar, muchas veces lo que llega a nosotros es el demonio, pero no el demonio ese de la eudaimonía, de la que habló Armando, de Aristóteles, sino el otro, el del verdadero demonio. Porque, ¿qué pasa? Que hay un camino que recorrer también en esto; el amor es una guerra. Cuando al cristiano, por lo menos en la Iglesia Ortodoxa, se le bautiza, se le arma como guerrero, y eso es complicado porque hasta Jesucristo, que estaba en unión hipostática, tuvo que pasar el rito iniciático de las tentaciones en el desierto durante cuarenta días. Él tuvo que iniciarse. ¿Qué fue lo que vino después del desierto? Ah, el primer milagro: convertir agua en vino, la alegría en una boda pobre. Eso fue lo que él llevó, lo que él sacó del desierto, pero ese era Él, la particular persona de Jesús, como cada uno de nosotros es una persona con su propio camino. Por eso es esta mística de buscar el camino. Porque esto no es fácil; el amor no es fácil, junto con el amor existe el desamor y ahí sí la pelea es bien troncuda.

Manuel Calviño: Queda mucho por decir y queda poco por decir. Primero, una aclaración: hablar de la resolutividad del cubano no significa no hablar de su existencialidad. Porque este país no ha tenido más de 500 años de batalla por su independencia, por su autonomía, por una actitud resolutiva sino existencial, y por una comprensión de la felicidad no solo personal, sino también compartida, social. Alguien dijo muy sabiamente que la esperanza es el anticipo que nos da la felicidad; no sé si algún día llegaremos a ser felices, pero esperanzados podemos estar siempre.

Y aquí yo me sorprendí a mí mismo, diciéndome: vine más con el terapeuta subido, y quizás menos con el comunicador. Y probablemente tendrá que ver con lo que ha pasado en estos últimos días y con mucha gente que se le acerca a uno diciendo: qué voy a hacer con mi vida. Y yo pienso que si bien tenemos un gran problema de diálogo, de interconexiones, de separaciones, de lastres, de distancias, creo que también tenemos un gran síndrome que debemos superar: el síndrome de Polifemo. Tenemos que superar ese síndrome, llamado desde las artes del espectáculo, el síndrome del strong, ese que nos hace fijarnos en un punto; fijarnos en un punto y dejar en sombras todos los contextos y los alrededores y solo fijarnos en ese punto, que por lo general es el punto del dolor, el punto de la queja, el punto de lo que no hay. Creo que tendríamos que coger y dividir en ocho, en diez partes, el ojo de Polifemo, y poder tener miradas alternativas y poder tener miradas no solo desde los otros sino desde nosotros mismos.

En este sentido, el lugar donde coloquemos la mirada va a ser fundamental en la decisión del camino que vamos a emprender. Es algo que yo he aprendido en mi vida profesional y en mi vida personal. Cuando me concentré en mirar a los burócratas me convertí en un disidente de la burocracia que me mantenía pegado a ella; cuando me concentré en mirar a los que me decían que no, me convertí en el enemigo del no, y me hacía parte del no. Cuando alguien me dice no se puede, y me quejo de que no se puede, me estoy haciendo parte del no se puede, me quedo atrapado en el no se puede. Y no logro ver desde lo que se puede, para desde ahí lograr hacer mañana lo que hoy no se puede. Tenemos entonces que abrir nuestra mirada, tenemos que abrir nuestros espacios de mirar y estar claro en algo importante: no tendremos felicidad, no tendremos una vida distinta, no tendremos un mejoramiento como seres humanos si no nos empeñamos en hacerlo, si no lo construimos. A la felicidad se llega solo por un camino que es construyéndola, a la esperanza se llega solo por un camino, construyéndola, y tenemos que dejar el lastre de desaliento, de la maledicencia, de las experiencias negativas. Y dejarlo atrás no quiere decir olvidarlo, sino como dejar atrás un motor que lejos de impulsarnos nos frena, nos obstaculiza, nos lleva hacia atrás.

Yo creo que esa es la felicidad. ¿Y qué es la felicidad? Dicho un poco para cerrar, pues me tocó: la felicidad es la búsqueda de la felicidad, la felicidad es esa lectura que yo hago de aquella frase tan manida y tan repetida de Martí, de que «Andar es el único modo de llegar». Andar es el camino, creo que nos dice Martí, y en realidad yo la leo así, más desde una dialéctica del pensamiento martiano: nunca se llega, siempre se anda. El llegar está en el andar. Y yo creo que ese es el camino que tenemos que emprender, que ya hemos emprendido y que tenemos que reforzar: el camino de la construcción de la felicidad. Porque el camino de la construcción de la felicidad es también el camino de las utopías y es el camino de los sueños. Podrán no darse cuenta algunos, unos más unos menos, pero este país lleva más de 500 años soñando, soñando con la justicia social, soñando con la igualdad, soñando con la cercanía de la gente, que la gente se quiera, con sentirnos cubanos, con el orgullo de la cubanía. Hay una trayectoria inmensa que no exagero si digo que va desde el indio Hatuey hasta el día de hoy. Les voy a hacer un cuento absolutamente real. Bien. Un congreso de psicólogos, psicoanalistas, ya ustedes se pueden imaginar quizás lo que es eso. La penetración en el subconsciente total, en lo que nadie se imagina, ahí está. Pues habían unas compañeras de Argentina que terminado el congreso se fueron a Varadero, se fueron al Hotel Internacional de Varadero, que ya hoy no existe, fue demolido. Y al regreso me dice una: «Ché, Manolo, qué triste, qué triste». Les pregunto: ¿cuál es la tristeza? Y me dice: «Estábamos tendidas en la arena, allí, construyendo el socialismo en Argentina, desde la arena de Varadero, y una piba se nos acercó y nos dijo: ¿No tienen un chicle que me regalen? Y claro, aquello nos dolió tanto, una pionerita, una hija de la Revolución pidiéndonos un chicle y fue tan triste».

Y yo les digo: bueno, en fin, todo depende de a dónde tu mires. Y ahí salió la otra psicoanalista que estaba con ella y le dijo: «Hazle el cuento completo». Y fue así: Cuando le dijeron no, niña, el chicle es el imperialismo, el chicle son los yankis, el chicle es el consumismo, la niña les dijo, ¡Ay!, ¿pero ustedes son americanas? No, nosotras somos argentinas, cómo no te has dado cuenta, no sé cómo, imposible, somos argentinas. Ah, son argentinas. Ay, pero en Argentina hay niños que no tienen escuelas, ¿verdad? Y hay niños que no saben leer, ¿verdad? Y hay niños de padres desaparecidos… La ideología no la hace el chicle. La niña les dio una lección de «fetichismos e ideología auténtica». Entonces, cuidado, cuidado hacia dónde miramos, porque también esa idea del consumismo que nos aterra muchas veces, conceptualmente, hay que profundizarla más. Lo que yo veo en la esquina del parque de mi casa, la gente que compra los teléfonos en altos precios en CUC, y están ahí en el parque, están hablando con su familia, hablando con sus hijos, están tratando de entrar en contacto con el que no está cerca.

Y cuando te dicen: Ah, este país es un desastre, aquí solo hay WhatsApp en el parque, y tú le preguntas para qué tú quieres WhatsApp, te responden ¿cómo que para qué yo quiero el WhatsApp? Para ver a mi hijo, y para ver a mi hermana, y para ver a mis sobrinos. Entonces cuidado, cuidado con el fetichismo a ultranza del objeto, el objeto muchas veces es el medio para ser más sujetos. Hay que abrir la mirada, construir. Porque en definitiva creo que hay un don primario en todos los seres humanos, aun cuando no lo sepan: los seres humanos nacimos para construir la felicidad, nacimos para ser felices. Y el único modo de perpetuar la vida es sentir que vivir vale la pena. Gracias. (APLAUSOS)

Teresa Díaz Canals: Muchas gracias a todos por la asistencia y quedan ya invitados a un próximo encuentro de «En Diálogo».

Nota:

1 Fieles a nuestro compromiso de reproducir las intervenciones que realizan los asistentes al encuentro «En Diálogo» publicamos aquí las palabras pronunciadas por Ángel Santiesteban, pero no sin dejar de manifestar nuestra completa inconformidad con que se utilice este espacio público como tribuna personal para expresar asuntos que no se corresponden con el tema por nosotros elegido. (Nota del Consejo de Redacción)